En política, los que sientan cátedra acostumbran a ser poco fiables. Los que no dudan de nada, categóricos y consignatarios, algún día encuentran la horma de su zapato en el desdén de la ciudadanía. Debo de ser de los pocos que aún no han entendido la relevancia de Podemos para la sociedad. De los pocos que ignoran cuál es el motivo por el que un par de televisiones privadas los han convertido en iconos de sus parrillas. Hasta hay programas de vocación crítica que se anuncian con estos asesores bolivarianos, antaño, que ahora juegan el juego (tan serio) de querer gobernar un país. Se reunieron el sábado en Madrid anunciando, dice el señor Iglesias, el tictac a Rajoy: una cuenta atrás. Dicen que hay dos varas de medir: ellos y los otros. Verdad. No quiero ni imaginar qué le pasaría al presidente, gallego, si insultase en un plató a un contertulio. Qué dirían de él si en su Gobierno no hubiese mujeres (como en la Grecia amiga de Podemos: Syriza). De qué lo acusarían si su esposa, concejala, concediese a un hermano una subvención cuantiosa. No es el PP un dechado de virtudes. Lo que algunos cocinaron en su cocina fue vergonzante. Lo mismo que entre los bastidores del PSOE. Son la casta, según el manual Podemos. Cierto. Pero a unos y otros, falcatruadas aparte, les debemos las décadas más prósperas de la historia. A los que se manifestaron el sábado en Madrid, de momento, no les debemos nada.