Un acierto de Syriza


Le están lloviendo tantas críticas demoledoras a la Coalición de Izquierda Radical griega y a su líder, Alexis Tsipras, que yo, que amo a Grecia casi tanto como a España, trato de encontrar algo positivo en Syriza, que es la sigla de «Sinapismós Risospastikís Aristerás» (literalmente, ateniéndonos al orden de las palabras, Coalición de Radical Izquierda). Esas críticas demoledoras relativas a la política económica y a la ausencia de mujeres en el gobierno de Syriza las comparto al cien por cien. Y la fuga de capitales y la caída de la Bolsa ofrecen en Grecia cifras tan desoladoras que solo los adolescentes que sueñan con la revolución pueden negarse a ver.

Por tanto, ante el triunfo de Syriza en las elecciones, que tiene su raíz en la desesperación del pueblo griego, me siento como un padre que tiene un hijo que se ha echado a perder y por el que, sin embargo, siente adoración y al que quiere salvar encontrándole algún punto positivo.

Cuando a ese padre que ama a su hijo -que es, claro, Grecia, ahora representada por Syriza- la policía le detalla los delitos económicos y el delito de su criatura de atentar contra la paridad en la pandilla, el padre, sacando fuerzas de flaqueza, lo defenderá con una razón de peso: mi hijo no es un buen chico, dirá, pero ¿hay en Grecia un chico con el pelo más rubio que el mío? Solo el pelo rubio de la diosa Ártemis -rubia hija de Zeus, la llamó Anacreonte- es equiparable en belleza al pelo de mi hijo. Y Syriza, hasta la fecha, ha exhibido un pelo rubio sublime.

Alexis Tsipras ha tomado posesión de su cargo en una ceremonia civil. Por primera vez en la historia, de casi dos siglos, de la nación griega la ceremonia no ha sido religiosa. Este acierto de laicismo de Syriza es un ejemplo para el mundo, donde predominan los Estados confesionales y, en algunos casos aconfesionales, como nuestro reino de España, donde, sin embargo, la Iglesia católica manda lo suyo (y lo nuestro).

La Asociación Europa Laica ha rendido el pasado fin de semana un justísimo homenaje a Gonzalo Puente Ojea, exembajador de España -fue diplomático en Atenas, donde, por cierto, perdió la fe católica- y autor de unos libros espléndidos -he aquí un solo título: La religión ¡vaya timo!- que parecen escritos para la laica Syriza.

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