Y los lobos solitarios


Les llaman así. Los expertos en terrorismo dicen que son muy difíciles de controlar. Son los nuevos yihadistas. En Francia saben muy bien de qué va. Sufrieron ataques de estos personajes desesperados que se refugian a su manera en el islam y leyendo como les conviene el Corán para lanzar su grito de guerra. En España también padecemos este mal. Compatriotas que renuncian a nuestra democracia y que se van a luchar junto a los miembros del Ejército Islámico, la nueva franquicia para el mal que está desbancando a Al Qaida. En España les tenemos muy cerca. Los radicales de Argelia y algunos de Marruecos ya han jurado lealtad al EI. Pero el daño incontrolable está, como sucedió en Francia, entre nosotros. Está en esos personajes que han quedado totalmente fuera de lo poco que queda de Estado del bienestar y que, a través de Internet, aprenden lo necesario para hacer un ataque espontáneo en cualquier lugar. Se autofinancian con pequeños robos. Ya no reciben dinero, como antes Al Qaida, de transferencias con origen en Arabia Saudí o Catar. No hay hilo que seguir. El daño puede surgir en cualquier momento. Pasó en Boston con los hermanos Tsarnaev y en Francia con Mohamed Merah. Elementos casi imposibles de detectar por los servicios de seguridad. Y en medio de esta amenaza el escritor Houellebecq provocó un incendio con su novela en la que pone al frente de Francia a un musulmán. Sumisión, se titula. La muerte de su amigo fundador del semanario en el atentado le ha llevado a congelar esa ficción. A recluirse de momento en el silencio. La yihad es algo muy serio.

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Y los lobos solitarios