Fracasos de la democracia

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

17 ene 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Algo grave está ocurriendo en el sistema cuando se produce el siguiente resultado en el aprecio popular: las instituciones predemocráticas o preconstitucionales son las más valoradas por la sociedad; las creadas por la democracia son las más desprestigiadas. Eso se desprende de los estudios de opinión realizados en los últimos tiempos. Son muy apreciadas las Fuerzas Armadas, la Policía, la Guardia Civil y algunas otras instituciones «de siempre». No alcanzan la aprobación social el Parlamento democrático, los partidos políticos, los sindicatos, las comunidades autónomas y, en general, la clase política que decide nuestros destinos, desde el Gobierno central a los ayuntamientos.

Al ver las instituciones más queridas y aceptadas, se podría pensar que este es un país autoritario, que valora todo lo que significa autoridad y disciplina, y por eso se admira al Ejército y a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad. Pero esa visión, que puede ser cierta, es incompleta. Le falta el importante detalle de la comparación con lo que suspende, y la línea divisoria podría ser el comienzo del tiempo constitucional. Visto así, hay que convenir que algo se hizo mal, desde luego funciona mal y estamos ante el descrédito general de la función pública, quizá con la única excepción de la Corona, que, según el último barómetro del CIS, no es problema para ningún ciudadano, 0,0 %. No hay un solo español que la considere causante de algún mal nacional.

¿Qué puede estar pasando? Algo muy sencillo: la Corona cumple y no molesta; el Ejército resulta ejemplar en sus misiones internacionales y hoy constituye un colectivo de hombres y mujeres de alta formación y que no interviene en asuntos políticos; y los Cuerpos de Seguridad dan ejemplos de eficacia en el descubrimiento del delito, en la investigación de las corrupciones y en sus funciones genéricas de seguridad.

En cambio, las instituciones representativas se perciben como ineficaces porque se perciben como endogámicas, egocentristas, endiosadas, sin casi nada que admirar y encima, no solo no resuelven los grandes problemas de la ciudadanía, sino que los agravan. Por si faltase algo, los mayores líderes del poder y la oposición apenas suscitan confianza. El rechazo a ambos suele andar en torno al 80 por ciento de la población.

Solo hay una forma de agravar la situación: identificar la democracia con las instituciones que decepcionan. El día que se haga, si las dificultades económicas continúan, la democracia dejará de ser un valor por sí misma y la gente se pondrá a pensar en otro sistema. Será el momento de buscar otro tipo de soluciones, por no decir de régimen. El singular fenómeno de Podemos indica que ya ha empezado a ocurrir.