¿Qué es una blasfemia?


Con humor involuntario, una periodista de un telediario de TVE informa de que, en los ataques perpetrados contra la sede de la revista parisina Charlie Hebdo y contra un supermercado judío, han muerto 17 personas y tres terroristas. Incluso una noticia tan trágica como esta hace sonreír, porque la periodista, con una elipsis digna de Góngora, nos está diciendo que los terroristas no son personas. En una frase da una noticia y dicta un editorial.

Veo reproducidas las viñetas de Mahoma, que los musulmanes fundamentalistas consideran blasfemas, y me pregunto qué es una blasfemia. El Diccionario etimológico de helenismos españoles, de Crisóstomo Eseverri Hualde, define la 'blasfemia' (de blapto, 'herir', y femí, 'decir') como «palabra injuriosa». Pero ¿a quién hiere esa palabra? Obviamente, a un creyente fanático. Un creyente tolerante se pone en el lugar del agnóstico y del ateo, y comprende que los textos de su religión también pueden herir la sensibilidad de quienes no creen en ellos. Y, por tanto, debe aceptar las críticas e incluso los chistes contra sus creencias.

¿Y quién decide qué es blasfemia? Siempre lo decide el clero de una religión. En el ámbito de la religión católica, la palabra blasfemia está tan satanizada que ser tildado de blasfemo suena casi a sinónimo de violador o asesino. Y un teólogo intolerante justificaría esta satanización de la palabra.

Cuando yo era católico, oír una blasfemia me producía un dolor tan terrible que, de haber comunicado aquel sufrimiento al Vaticano, no hay que descartar que me hubieran abierto un proceso de beatificación en vida.

Pero, por aquella mala comunicación de mis éxitos religiosos, ni el Vaticano pudo iniciar mi proceso de canonización ni tampoco, claro, el párroco de mi pueblo pudo felicitarme las pascuas con una estampa. Ya lo dice Manuel Campo Vidal en un libro fantástico: ¿Por qué comunicamos tan mal los españoles? Y me dolió tanto que el párroco de mi pueblo no me felicitara las pascuas, que me eché en brazos del marqués de Sade, el emperador del ateísmo, y me abstengo de contar los resultados de aquel idilio.

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