«Si una vez lo probáis, Sancho, comeros habéis las manos tras el gobierno, por ser dulcísima cosa el mandar y ser obedecido». Así hablaba el duque al escudero de don Quijote, y así pensaron la mayoría de los reyes y gobernantes que en el mundo han sido desde que el mundo es mundo. Y ha sido así, porque coronas y gobiernos se han definido siempre como «el poder», y el poder es justamente eso: la potestad de mandar y ser obedecido. Por eso sonó un poco extraño, y por ser extraño es noticia, que un rey actual diga en un discurso que mandar es servir. Solo deja de ser extraño si se piensa que ese rey, Felipe VI, lo dijo en un acto castrense como es la ceremonia de la Pascua Militar. Esa es una divisa de los ejércitos.
Creo que ni a usted ni a mí nos importaría que la consigna, aunque sea militar, se convirtiese en norma de todos los poderes públicos, desde la Corona al último concejal, pasando por los otros ejércitos de gobernantes nacionales, regionales y provinciales. Seguramente no habría tanto descrédito de la política. Podría ser la utopía del nuevo año y posiblemente del siglo. Podría ser la forma de evitar el temor a los nuevos populismos, nacidos precisamente del hastío del mando no entendido como servicio. Podría ser el modelo de una política nueva que conecte con los viejos ideales y ahuyente los abusos de poder, el partidismo que lo inunda todo y los privilegios lacerantes.
Fíjense en lo que sucedería si mandar fuese servir. Quienes tienen encomendado el poder encargarían la gestión a los mejores, en vez de encargársela a los fieles a su persona o a su partido. Quienes administran la cosa pública dejarían que la sociedad controlara las instituciones y organizaciones públicas, en vez de ocuparlas con dudosos personajes seleccionados por su militancia. La ideología no primaría sobre el esfuerzo y la preparación y el mérito recobrarían todo su valor. La manipulación de los hechos desaparecería de las costumbres políticas. Se aceptarían ideas de los adversarios, con la única condición de que fuesen útiles para resolver problemas y no se rechazarían simplemente por proceder de otra formación. Se estaría siempre a la lado de los más necesitados, porque son quienes más necesitan el servicio. Y, por supuesto, quienes fracasasen en sus tareas de gobernación (y también de oposición), estarían dispuestos a retirarse, por falta de apego al poder y saben reconocer que no son útiles al servicio requerido.
Si lo que vemos cada día en la política mundial se parece en algo a lo que acabo de describir, el rey Felipe no es nada original. Si no se parece en nada, tenemos un rey revolucionario. Pero no os asustéis, políticos instalados: solo hablaba al estamento militar.