Hay algo de indigno y de insulto a los ciudadanos en esos cálculos políticos que reducen cualquier posible resultado electoral a la evolución de la economía. Como si los españoles fueran animales de granja a los que solo les moviera el tamaño de la ración de pienso que se les sirve. Si hay un buen dato, como el del paro de ayer, el Gobierno se ve ganador, mientras la oposición escudriña hasta encontrar el lado negativo de esas cifras, como si temiera empezar a perder. No entienden que, si de lo que se tratara fuera exclusivamente de cuadrar los balances y mejorar la economía, nos limitaríamos a escoger a un buen contable en lugar de a un ejército de políticos en ayuntamientos, comunidades y Administración central.
Gobernar es otra cosa. Por supuesto que la obligación del político es garantizar el derecho al trabajo, a la vivienda y a un mínimo bienestar. Pero eso no basta. Los ciudadanos aspiran a que aquellos a los que eligen y pagan no se ocupen solo de las cuentas, sino también de que los fondos se administren con justicia y se afronten con valentía los otros muchos problemas del país, sin dejarlos de lado con la excusa de que la urgencia económica justifica el aplazarlo todo.
Hacer política es, por ejemplo, afrontar la escandalosa situación que se vive en Cataluña, en donde un presidente autonómico denigra la imagen de España entera saltándose las leyes y la Constitución a su antojo y despreciando la solidaridad cuando más se necesita, presumiendo además de ello y desafiando al Estado de derecho, al que debe su cargo, a tomar medidas contra él si se atreve. Y no es gobernar ni hacer política el tratar de poner sordina a esa desvergüenza o retorcer el diccionario en busca de toda clase de circunloquios para evitar mojarse en el discurso, pretendiendo así pescar votos en el río revuelto. Hacer política es mejorar la educación, acabar con un Senado y unas diputaciones inútiles, reformar de una vez una Administración paquidérmica, castigar mucho más severamente al corrupto o garantizar la seguridad sin menoscabar la libertad, por ejemplo.
Escuchamos análisis políticos miserables. Como aquellos que ligan el futuro político de España a lo que ocurra en Grecia. El Gobierno se relame imaginando que el país heleno se sumerja en el caos si gobierna Syriza, vacunando así a los españoles contra las propuestas populistas. Y, a la inversa, hay quien cree que si Alexis Tsipras es capaz de doblegar a Angela Merkel y renegociar la deuda sin que Grecia salga del euro, los españoles acudirán en masa a votar a Podemos para repetir aquí la jugada. De nuevo, argumentos que excluyen cualquier capacidad de los españoles para decidir su destino con criterios políticos propios que vayan más allá de su bolsillo. Se equivoca Rajoy si cree que le bastará con que la economía mejore. Y se equivocan quienes lo fían todo a que la crisis aguante para que el poder les llueva del cielo como fruta madura. Afortunadamente, con crisis o sin ella, los españoles tienen más dignidad que sus políticos.