Pasan tantas cosas en un año, que resulta difícil apostar sobre cuál será el gran desafío que nos aguarda en el 2015. La globalización ha complicado mucho ese pronóstico, pues la evolución de un país ya no depende solo de él, sino de muchos otros. Grecia tosió ayer y el catarro se contagió a gran parte del planeta. Y nadie sabe qué gripes o infartos nos esperan hasta el próximo 31 de diciembre.
Pero como este oficio consiste en arriesgar, arriesgaré. Creo que, a salvo de lo que ocurra en el exterior, en el 2015 mejorará con claridad la economía (continuando la tendencia ya iniciada) y empeorará mucho la política.
Si no se adelantan en Andalucía y Cataluña, en el 2015 habrá elecciones municipales, autonómicas en 13 comunidades y generales, elecciones en las que nos jugamos la permanencia del sistema de partidos que, con todos sus problemas, ha garantizado desde 1982 el funcionamiento de nuestro Estado democrático. Tal será, creo, el desafío decisivo.
Desde 1982, cuando UCD se esfumó y el actual PP pasó a aglutinar a toda la derecha, salvo en Cataluña y País Vasco, el sistema político español ha pivotado sobre dos grandes partidos (PSOE y PP) que, alternándose en el poder de forma desigual (el PSOE fue mayoritario el doble de legislaturas que el PP), consiguieron gobernar en solitario, con el apoyo externo de CiU y/o PNV si el Gobierno carecía de mayoría absoluta en el Congreso.
En municipios y comunidades, donde las elecciones son mas proporcionales, la derecha ha gobernado sola casi siempre y la izquierda con pactos entre el PSOE y el PCE (luego IU). Únicamente cuando tales pactos han sido insuficientes para formar mayoría, ha entrado en dos autonomías el nacionalismo de izquierda (en Galicia y Cataluña) con resultados muy negativos para los respectivos ejecutivos y para el PSOE, que ha sufrido en ambos territorios un desgaste formidable tras gobernar con los nacionalistas. ¿Por qué? Porque la cultura política socialista, incluso tras la nefasta revolución de Zapatero, es muy distinta de la de ERC o el BNG, fuerzas que tienen un fuerte componente antisistema.
Pues bien, si, como pronostican los sondeos, el PP sufriese una gran caída electoral y el espacio de la izquierda se atomizase aún más con la irrupción fuerte de Podemos, la duda será si con tal mapa de partidos podrá asegurarse la estabilidad gubernativa local, autonómica y nacional sin la que no cabe gestionar los intereses colectivos. Hay mucha gente, al parecer, animada con la perspectiva del fin del actual bipartidismo corregido, como si no fuera el producto del voto mayoritario de los españoles durante más de treinta años. Bien estará, en todo caso, que antes de lanzarse a la atomización por conocer, juzgue el votante con sosiego si ha sido tan malo, como ahora se denuncia, el bipartidismo conocido.