Monos y gitanos


El español avanzaba aquellos días a toda mecha por Nueva York. Se intuía que en breve sería una lengua poderosa e imprescindible porque en los garitos de la modernidad los tataranietos del Mayflower se disculpaban cuando solo eran capaces de conjugar el verbo to be y si acaso algún florido préstamo en esa jerga de viveza desternillante que es el espanglish. Una pre lengua que en realidad se inventó en el Ferrol vibrante de la construcción naval cuando la convivencia entre nachos y guiris engendró híbridos como el expresivo filispín (ahí viene ese nacho todo filispín, o sea, a toda leche), la evolución ferrolana del inglés full speed. La lengua se empapa enseguida de la diferencia y en aquel Nueva York de los primeros noventa en una tienda del centro de la ciudad un cartel proclamaba desde el escaparate: «Se habla inglés». Solo había que abrir un poco los ojos para adivinar que la ciudad y el país todo avanzaban hacia un lugar más rico y respetuoso con la diferencia. En realidad aquella ilusión se estrelló contra las torres el 11-S de los atentados. La herencia más devastadora de esa bestialidad han sido la desconfianza y la sospecha. Más que nunca asusta la diferencia y la seguridad se ha convertido en una descomunal coartada para convencer a los ciudadanos de que es mejor vivir vigilados que morir inseguros. En Estados Unidos se ha desatado una desconcertante guerra entre negros y blancos que obliga a recordar a Rosa Parks, la morena que en 1955 se sentó en un asiento de blancos en un autobús de Alabama. Ayer, Corea del Norte llamó mono a Obama y hasta ayer la sección coruñesa de Cáritas atendía los martes a las personas y los miércoles a los gitanos. Reivindiquemos el espanglish. Y que sea filispín. 

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