Hecatombes


Lo que le ocurrió a la selección española en el último mundial fue considerado entonces una hecatombe. Brad Pitt produjo y protagonizó una gran hecatombe zombi, Guerra mundial Z. Este año hemos ido de hecatombe en hecatombe, explica un analista. Al final, al lector que no ha buscado información precisa le queda la idea de que hecatombe es algo malo que sucede, una desgracia. Actualmente, el Diccionario le atribuye con preferencia estas dos acepciones: 'mortandad de personas' y 'desgracia, catástrofe'. Relega a un tercer lugar el primer significado que tuvo este sustantivo, y que durante siglos fue el único: 'sacrificio de 100 reses vacunas u otras víctimas que hacían los antiguos a sus dioses'.

El español tomó tal cual esta voz del latín, que a su vez la adoptó de la palabra del griego antiguo cuyos componentes significan 'cien' y 'bueyes'. Aunque ni siempre eran cien las reses que se sacrificaban ni eran necesariamente bueyes. Ya la Ilíada habla de hecatombes: «El Atrida mandó que los hombres se purificaran, y ellos hicieron lustraciones, echando al mar las impurezas, y sacrificaron en la playa hecatombes perfectas de toros y de cabras en honor de Apolo».

Desde el siglo XVI se ocupan de las hecatombes autores españoles, entre ellos Fernando de Mena y fray Bartolomé de las Casas. José de Villaviciosa dice en su poema épico burlesco La Mosquea (1615), cuyo argumento es una guerra entre insectos: «Quando a cien piojos cruda muerte distes, / Para aplacar las iras celestiales, / Y un hecatombe tan solemne hicistes, / Que ha habido pocos en el mundo iguales».

En la segunda mitad del XIX se asentó el uso de hecatombe con el significado de 'matanza de personas'. Así lo emplea Pérez Galdós cuando describe en Bodas reales (1900) los fusilamientos de los mártires de Carral: «... al ser conducidos a la Coruña los pobres vencidos, se dio orden de que les remataran en el camino, para evitar el duelo y consternación de una grande hecatombe en la capital gallega». En el siglo XX, hecatombe evolucionó a 'mortandad de personas', pero hasta la edición de 1992 no se incorpora al Diccionario la acepción de 'desgracia, catástrofe', hoy la más extendida, tanto en sentido estricto como figurado.

El único rastro de las hecatombes homéricas queda hoy en los mataderos que sirven a asadores especializados en vacuno mayor, donde en vez de aplacar la ira de dioses helenos se atiende con mimo a paladares refinados. El vacuno ya no se acompaña aquí de vino aguado en cráteras, sino de algunas de las más exquisitas muestras de la civilización del hedonismo basadas en el tempranillo. Pero eso ya no es una hecatombe.

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