Sin entrar en mayores profundidades para no tener que navegar por aguas peligrosas junto a la infanta Cristina, el discurso del nuevo rey sirvió, cuando menos, para dejar contentas y felices a nuestras clases dirigentes. Que es de lo que se trata; de que ellos no sufran, porque sería tremendamente injusto que con los sacrificios que hacen para darnos unas vidas felices, además les echáramos en cara sus incapacidades. Resulta que los zancos del bipartidismo, y algún allegado como Rosa Díez y Mas, están encantados con el mensaje de Felipe VI. Y no solo eso, es que comparten del buenas noches al boas festas. Íntegramente. Sobre todo, asumen eso que se dijo de que hay que cortar sin contemplaciones con la corrupción, hay que regenerar el país, los índices de desempleo son inaceptables y hay que seguir garantizando el Estado de bienestar.
Nada de lo dicho por el rey les compete, a juzgar por lo contentos que quedaron. Y tienen su explicación para mostrarse tan felices y satisfechos. La corrupción es patrimonio de todos, como muy acertadamente dijo De Cospedal. Lo de regenerar es en lo que se vienen empeñando para darnos un gran futuro. Y lo del paro y el Estado de bienestar es culpa de usted y mía porque lo destrozamos al vivir por encima de nuestras posibilidades. Fuimos unos manirrotos.
Así que, por lo dichosos y eufóricos que quedaron, tenemos que concluir que nuestros señoritos no tienen responsabilidad alguna de los problemas que trituran el país. Están como si la cosa no fuera con ellos; felices y contentos. Y es que hasta ayer creíamos que no querían ver la realidad, pero ahora sabemos también que no quieren escuchar. Como el topo dorado, que es ciego y sordo.