El primer discurso navideño del rey nuevo había suscitado tanta expectativa que no era difícil que muchos se hayan sentido decepcionados. Expectativas que son razonables en un sentido, porque los cambios en la Casa Real coinciden con tiempos de tribulación para los ciudadanos, pero en otro parecen engordadas por la sobreactuación del corifeo habitual. En todo caso, ¿se podía esperar una alusión explícita de Felipe VI a la situación procesal de su hermana Cristina? ¿Es razonable que el jefe del Estado apunte soluciones políticas concretas a los problemas económicos? ¿Podía hacer otra cosa que una inequívoca defensa de la unidad de España?
Felipe no pidió por televisión a su hermana que dimita de su posición sucesoria. Pero cuando dijo que la corrupción hay que «cortarla sin contemplaciones» se entiende que ese caiga quien caiga no excluye a su familia. Se diría que la renuncia esta al caer.
La intervención, tan correcta en las formas y más profesional quizás que las de su padre, podía haber sido el toque a rebato para que los partidos abandonen ya el ombliguismo y coloquen de una vez la recuperación y el empleo como objetivo común y prioritario. Formalmente no lo fue, pero al menos subrayó lo que el Gobierno no hace: la mejoría no llega a todos los bolsillos y el empleo que se crea no es de calidad.
Y sobre Cataluña, su alusión a los afectos y sentimientos ha sido interpretada por algunos analistas como un reconocimiento de la diversidad y como una advertencia. La solución, como el origen del problema, no sería solo un asunto político y judicial.
Podría haberse acercado más a los límites del papel institucional que le corresponde. Sí, pero tampoco puede decirse que haya sido un discurso insustancial.