Primera. La decisión judicial de sentar a Cristina de Borbón en el banquillo de los acusados ha provocado un aluvión de comentarios realmente sorprendente: ¡por primera vez!, al parecer, la justicia sería igual para todos en España.
Aunque no negaré yo lo evidente -que, según ocurre en todo el mundo, quien puede pagarse buenos abogados suele disfrutar de más opciones de defensa-, tal verdad universal es compatible con un hecho fácilmente comprobable: que el número de personas poderosas que han sido encausadas, juzgadas y condenadas es en España, desde hace años, tan significativo como para que nadie ponga en duda que la justicia se administra aquí con imparcialidad y sin privilegios. De hecho, quienes mirando hacia Cristina de Borbón resaltan que con ella empieza la igualdad ante la ley, olvidan, porque quieren, que en este país han pasado por los juzgados y las cárceles políticos, profesionales y empresarios de muchísima importancia. Basta consultar Internet para comprobarlo de un modo veloz y concluyente.
Segunda. El discurso de que los recortes derivados del ajuste de caballo impuesto por la crisis ha arrasado nuestra sanidad pública parece también irrebatible, tanto que resulta difícil combatirlo. Y ello hasta tal punto que quien se decide a hacerlo tiene que asumir que se le cuelgue de inmediato el sambenito de ser un submarino del PP.
Pero, al igual que sucede con la infanta Cristina como supuesta partera de la igualdad ante la ley, el discurso de la sanidad devastada por el neoliberalismo se compadece mal con un hecho otra vez fácilmente comprobable: cuando uno pregunta por su grado de satisfacción a cualquier amigo o familiar usuario de la sanidad tras una más o menos grave enfermedad, la inmensa mayoría se deshace en elogios hacia el trato profesional y personal que ha recibido. De lo que se deduce, claro, algo portentoso: que nuestra sanidad habría sido devastada sin que ello haya afectado a la calidad asistencial que reciben los pacientes.
Y reflexión: curioso país este, en general mucho más admirado desde fuera que por los propios españoles, que tienden a creer que todo (no solo la sanidad o la igualdad ante la ley) marcha mucho mejor en el extranjero. Como he escrito varios libros, docenas de artículos en revistas profesionales y cientos en la prensa sobre los muchos males que nos aquejan, no me siento obligado a seguir los dictados de la moda, sino legitimado para poner pie en pared ante tanto despropósito. Y ello en defensa de un Estado que, sin ser el mejor del mundo, está sin duda entre aquellos que han construido en menos tiempo un sistema político y social que, pese a sus muchos defectos, puede defenderse sin complejos de inferioridad frente a esos (presuntos) maravillosos paraísos que siempre se nos ponen como ejemplo.