Mi hermano Paco

María del Carmen Porrúa LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

20 dic 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

En los veranos patagónicos, los días son muy largos. En esos veranos, recuerdo a mi hermano Paco, que pasaba sus vacaciones universitarias en la casa familiar, caminando por el jardín y recitándome poemas que yo -aún niña- no podía comprender: «En el filo del hacha me llevaron / un pedazo de mundo, ciprés / largas sombras azules / en un muro encalado veo / el ruiseñor cimero / cantarín del antojo oigo / [...]». Y entonces Paco me explicaba cada metáfora, cada significación, cada imagen y el poema -en este caso de Salinas, pero hubo más- adquiría su total consistencia, su total belleza, su total razón.

Por las noches, cuando mis otros dos hermanos (igualmente en vacaciones veraniegas) salían con sus amigos, él me leía antes de dormir. Recuerdo especialmente Y va de cuento, de Benavente, esa deliciosa versión del flautista de Hammelin. Poco tiempo después, tuve en mis manos, por supuesto, el ahora denostado Platero y yo y, camino a la adolescencia, Hawthorne (Cuando la tierra era niña), Ferenc Molnar (Los muchachos de la calle Paul) o adolescente, Gotfrid Keller (Los de Seldwila), J. R. Jiménez (Segunda antología poética). Y luego, ya veinteañera, compartí Chejov, Pushkin, Valle-Inclán, porque en ese momento comenzamos a compartir.

Por fin, los veranos patagónicos se convirtieron en veranos porteños, nos veíamos mucho más, mi vida universitaria se asimilaba a la que había sido la suya, heredando su diccionario Bailly, y no recuerdo si alguna gramática latina. En los años en los que perdíamos a nuestros padres, florecía Minotauro, su verdadera creación. Entonces llegaron a mis manos sus maravillosas traducciones de Bradbury (la editorial se inició con Crónicas marcianas, que fue prologada por Borges), de Burgess, de Sturgeon, de Ballard. Traducciones firmadas con seudónimos que reproducían los apellidos de la familia (Figueroa, Abelenda, Domenech, etcétera). Y también llegaron los éxitos editoriales como gerente de Sudamericana (García Márquez y Puig, entre otros) y sus perdurables amistades, en especial con Julio Cortázar y Alberto Girri.

La diáspora que los setenta produjeron en la Argentina nos volvió a separar. Se radicó en Barcelona, donde su labor y su olfato editorial siguieron siendo notables (Tolkien), pero veraneaba a menudo en su Galicia natal. Nos veíamos en Barcelona y en Buenos Aires alternativamente, siempre por poco tiempo, pero suficiente.

Hablábamos mucho por teléfono. Sus conversaciones fueron siempre apasionantes, sus opiniones literarias seguían siendo contundentes y acertadas y así se mantuvo prácticamente hasta el fin. No fue solamente un hermano mayor y un hermano querido. Fue un amigo entrañable.