La recuperación puede haber llegado, pero no se sabe para quién. Si uno mira hacia arriba, todas son salutaciones del optimista, encabezadas por las de Rajoy, que solo matiza cuando la opinión pública se le echa encima. Si se mira hacia abajo, todo tiene un color grisáceo, distante de la explosión de esperanzas oficiales. Ayer, por ejemplo. Ayer se publicó la estadística de evolución de los salarios, que el presidente había presentado como positiva, y la verdad cruel dice que siguen bajando. Se publicaron también los datos del Observatorio de Emancipación, y confirman lo que estaba siendo ya casi un chascarrillo de barra de bar, si no fuese por el drama que encierran: solo el 22,1 por ciento de los jóvenes menores de 30 años han conseguido emanciparse. La inmensa, la aplastante, mayoría sigue viviendo en el hogar paterno.
Se quedan en casa porque no tienen más remedio. Si están en paro, porque están en paro. Si trabajan, porque sus empleos no les dan ni para una hipoteca ni para pagar un alquiler. Están proletarizados, como tantos sectores sociales. Lo confirman otros datos también descorazonadores: más de la mitad de los menores de 25 años, sin empleo; los que consiguen colocarse lo hacen a tiempo parcial; los contratos indefinidos son la excepción; los trabajos no se corresponden con la cualificación profesional, etcétera. Es un retrato perfectamente creíble, porque es el que todos conocemos por experiencia directa o próxima.
¿Qué hacemos ante esa realidad, señoras y señores del Gobierno? ¿Se puede seguir manteniendo el optimismo porque hay muchos clientes en las cafeterías? Digámoslo con alguna claridad: lo más inquietante de ese panorama es la resistencia de los gobernantes a aceptar que existe. Aunque los estudios sean oficiales, llegan a los despachos correspondientes como datos fríos o lejanos. Literalmente como quien oye llover. Que el 55 por ciento de los jóvenes estén parados no es un problema, sino una parte del paisaje sociológico. Que el 78 por ciento sigan viviendo de y con sus padres debe ser un signo de solidez familiar.
No se trata de pedir al Gobierno que lo arregle, que se supone que lo intenta y los milagros no existen. Se trata de que tengan la humildad de reconocer lo que ocurre, ese pequeñísimo ejercicio de sinceridad. Se trata de que transmitan, al menos, la tranquilidad de que tienen un diagnóstico correcto, que es lo que Rajoy le pedía a Zapatero cuando los papeles estaban cambiados. Y se trata de que, conociendo esa realidad, no haya siempre un ministro o un portavoz que la ignora, haciéndonos pensar que no está dispuesto a permitir el tópico de que una verdad estadística desmienta sus bellas ensoñaciones de la crisis dominada.