Cada vez sucede más. Y a una edad más temprana. La frase la repiten adolescentes y está en boca ya de todos los expertos y estudiosos: «Me controla el móvil». Es alucinante. Pasa con los mayores y se multiplica cuando la edad baja. Lo peor es que además se multiplica, según los psicólogos, el concepto: «Chicas muy jóvenes nos dicen que todo empezó en que le controlaba el móvil. El doble check del WhatsApp. Las horas de conexión a las que estaba. Y la última hora a la que había estado usando el móvil por las noches». Una radiografía total. Pero el concepto, insisten, es lo lamentable, porque las chavalas añadían que su pareja hacía eso porque les quería mucho, por su bien. El control como sinónimo de amor. Un amor peor que enfermizo, que no pregona nada bueno, como anuncian todos los estudios que ya tenemos sobre la mesa. Amar nunca es controlar, vigilar. Lo que busca este modelo de romance es decidir por el otro, quitarle su nombre propio, cosificar. Convertir a la persona que presuntamente amas en propiedad, alguien sobre el que decidir, un peldaño por debajo. Las nuevas tecnologías nos traen avances maravillosos. Pero, a veces, emboscadas en sus virtudes, hay conductas sospechosas de lo peor. No hay veneno más venenoso que el que propone un camino en el que el chico decide si puedes usar tu móvil y a qué horas lo usas y para qué lo usas. Las relaciones tienen que ser entre iguales o no son relaciones libres.