Para no dañar más nuestra salud y por higiene mental, lo mejor que podrían hacer es dejar de investigar los desmanes de Bankia. Cerramos capítulo, lo equiparamos a la cuadrilla de Luis Candelas y nos dedicamos a otra cosa que no nos dé tantos quebraderos de cabeza. Cualquier episodio que nos puedan contar ya no nos causa la más mínima sorpresa.
Porque con cada papel que se mueve y con cada informe que se redacta, nos cae un aluvión de falsedades, mentiras, expolios, malversaciones y todo cuanto delito económico y hasta común está contemplado en el Código Penal. Y quienes cometieron tales desmanes son nombres con gran prestigio en el mundo de las finanzas. Todos los grandes ases de la economía y las finanzas que también son algunos de los que nos han llevado a esta situación de deterioro y miseria en la que nos movemos. Menos mal que «no hubo intención de engañar a nadie», según el feldespático rostro del éxito económico español. Aún quedan por conocer episodios de Bankia, pero no nos van a sorprender más de lo que nos hemos sorprendido. La mayoría de los parroquianos tenemos perfectamente claro lo que fue esta entidad para la economía española. Bankia fue la cueva de los alibabás, la finca privada de los señoritos, el paraíso de los pelotazos, la financiera de negocios imposibles y de guateques y juergas; el club selecto de amigos y allegados y el casino en el que se jugaron nuestros ahorros y nuestros sacrificios. Bankia es la bandera nacional de la infamia, el ultraje, los trileros y la rapiña.