Antes de ayer se celebraron en Galicia dos actos muy distintos, en los que los respectivos asistentes fueron requeridos a guardar un minuto de silencio en recuerdo de personas fallecidas.
Uno tuvo lugar en el estadio de Riazor, donde con el silencio se evocó a Francisco Javier Romero (Jimmy), seguidor ultra del Dépor, asesinado en Madrid este domingo en una camorra, pactada previamente, a la que Romero acudió porque quiso, a pelearse con los ultras del Atlético.
El otro minuto de silencio homenajeó a una joven agente de la Policía Nacional, Vanessa Lage, que falleció tras ser tiroteada en Vigo, el viernes, cuando, junto al subinspector Vicente Allo, acudía a tratar de impedir un atraco a mano armada.
La circunstancia de que ambas muertes hayan sido recordadas de igual modo podría llevarnos a pensar que estamos ante situaciones similares, lo que constituye una perversión ofensiva no solo para Vanessa y su familia sino para todos los policías y aun para todos los ciudadanos de bien de este país.
El dolor de los familiares y amigos de Romero merece, ni que decir tiene, todo mi respeto. Pues cuando uno pierde a un ser querido, sufre por ello, con independencia de las circunstancias de la muerte y del valor personal del fallecido. Pero eso es una cosa y otra muy diferente suponer que quien muere mientras presuntamente comete un delito -el de riña tumultuaria que les ha imputado el juez a los participantes en la monumental refriega de Madrid-, debe ser tratado socialmente igual que una agente de la Policía Nacional que pierde su vida en acto de servicio mientras trata de evitar, precisamente, la comisión de otro delito.
Homenajear a Romero con un minuto se silencio está tan fuera de lugar y es tan absolutamente vergonzoso que el presidente de la Liga Profesional desautorizó el acto con toda claridad y cesó a Lendoiro como embajador de la propia Liga (¡menudo embajador, por cierto!) por dejarse ver en el entierro del Riazor Blues muerto en Madrid.
En clarísimo contraste, homenajear a Vanessa Lage y, en su persona, a todos los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad, es una forma solemne de manifestar que sin la labor que llevan a cabo el Cuerpo Nacional de Policía, la Guardia Civil y las policías locales y autonómicas peligraría nuestra libertad y, en general, nuestros derechos. Bien merecen, por eso, todos ellos contar al menos con la protección de esos chalecos antibalas que increíblemente siguen esperando.
Tan diferente es una cosa de la otra, aunque algunos hayan querido equipararla, que quienes gozamos del inmenso privilegio de escribir en un diario -más si, como en el caso de La Voz, se trata del cuarto de España en importancia- tenemos la obligación moral de tratar de poner luz en esta triste noche moral de España donde todos los minutos son pardos.