En el Partido Socialista sospechan que su inquieto secretario general, Pedro Sánchez, está trabajando su imagen personal a costa de algunas cuestiones esenciales. Lo sospechan, lo dicen y quizá tengan razones para ello: el señor Sánchez tiene que someterse a unas elecciones primarias para ser candidato a la Presidencia del Gobierno por el PSOE y quizá pretenda reforzarse para que no haya quien le haga competencia. Y así está lanzando iniciativas constantes (y chocantes), sin ninguna seguridad de que obedezcan a un plan estudiado ni elaborado de acuerdo con una estrategia solvente. Ojalá me equivoque, pero produce esa impresión.
Fue el caso, por ejemplo, de la idea de reformar el artículo 135 de la Constitución. Sin ser un mal proyecto, porque aglutina mucho voto de izquierda, lo hizo de forma que quedó como un deficiente improvisador, que primero vota la liquidación del artículo con Izquierda Unida y después dice que es partidario de su contenido, pero con garantía del gasto social en pensiones, educación y sanidad. He ahí una buena proposición arruinada por su presentación. Algo falta en el actual Partido Socialista. Quizá sea un equipo al que guste la reflexión marcado por la reflexión y capaz de imponer algún sosiego a tanto ímpetu juvenil.
La lección de ese traspié no ha servido de mucho, porque ayer el mismo Partido Socialista presentó una confusa propuesta de crear una subcomisión parlamentaria para el estudio de la reforma de la Constitución. Está en su derecho de hacerlo. Digo más: a lo mejor hay que hacerlo, porque ya está bien de invocar todos los días la necesidad de esa reforma, sin saber exactamente para qué. Ahora bien: crear una subcomisión para la reforma constitucional es abrir de hecho un proceso constituyente. Y ante ello parece razonable plantear alguna cuestión previa. Por ejemplo: ¿es el momento de abrir ese proceso constituyente, que lo es, aunque se llame de otra forma? Abiertamente, no. Con la que tenemos encima de Cataluña, no se puede hacer eso, salvo que sea el instrumento para resolver el desafío independentista.
¿Son formas de abrir el proceso? Tampoco. Un partido que lo propone por su cuenta, sin ningún apoyo ni consenso de otros y sin saber qué reforma pretende, se expone a que se le exija que diga cuando menos cuál es su objetivo. Proponer para hablar sin más o para discutir, como argumenta el señor Sánchez, no necesita esa alharaca de la presentación en el Congreso. Lo único que consigue la alharaca es desviar la atención de los auténticos problema nacionales. Tenga cuidado, señor Sánchez; contenga sus impulsos. Y sobre todo, cuide que no parezca que juega incluso con el Estado para fortalecer su legítima aspiración.