Destituidos


Las destituciones, como los divorcios, siempre llegan tarde. Cuando se producen es porque la situación alcanzó tal grado de degradación que prolongarla acaba llevándose por delante a quien se empeña en mantener una relación imposible. En estos días ha habido tres casos que ilustran muy bien la premisa.

Caso uno. Rajoy esperó demasiados meses para invitar a Ana Mato a abandonar el Ministerio de Sanidad, después de que la investigación judicial del caso Gürtel la colocase en una situación imposible. Por hechos que tal vez (ya lo dirán los jueces) no tengan trascendencia penal, pero la incapacitan para un cargo público como el que ocupaba. Rajoy, que por lo que vio en este asunto no solo dilata las destituciones sino también los nombramientos, aguantó a la ministra hasta que el asunto le explotó en las manos la víspera de acudir al Congreso a presentar sus medidas contra la corrupción.

Caso dos. Ayer, el presidente de la Comunidad de Madrid destituyó a su consejero de Sanidad. Y no fue sin tiempo tampoco. El hombre llevaba semanas haciendo méritos y nadie parecía mirar para él. Metió la pata la primera vez, con Teresa Romero todavía batiéndose contra el ébola, pero su ofensa no fue suficiente para que aquel mismo día fuese obligado a dejar el cargo. Tuvo que volver a exhibir su faceta más bocazas para que lo enviasen para casa.

Caso tres. Lendoiro, el responsable de dejar al Dépor hecho trizas, fue cesado de su cargo de embajador del fútbol español (?) tras dejarse ver con los Blues. ¿Fulminante? Qué va. La destitución estaba pendiente desde el día del nombramiento. Quizás esté tardando también la de quien lo designó.

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