Hay quien prefiere ver correr la sangre a ver correr el balón. El debate no es si la pelea del Calderón se organizó por WhatssApp o si fue una emboscada. Los grupos ultras se citan sistemáticamente para hacer daño. Ni siquiera hace falta que jueguen sus equipos. El debate no es si unos son de extrema derecha y otros de izquierda radical. Su existencia solo se explica contra los de la grada de enfrente. No es ideología. Es odio. El odio los iguala por encima de cualquier supuesto ismo con el que pretendan diferenciarse: anarquismo, nacionalismo, fascismo... El odio fermenta en ellos con los insultos, los cánticos, los gestos. No aman más a su equipo, odian más a los otros. Triste mérito. El debate es por qué estos grupos violentos nacidos en los ochenta se arrogan casi en exclusiva el derecho a representar a clubes centenarios. Es por qué en España no se ha combatido este fenómeno como en otros lugares y se permite que ir a un estadio pueda ser un deporte de alto riesgo. Los políticos han demostrado que el fútbol es un salvaje Oeste en el que la ley a veces pasa de largo. Las directivas de los clubes han mimado a los ultras más que a ningún otro seguidor porque las mafias son un mal enemigo. Por la misma razón, los jugadores les lanzan camisetas y les dedican goles. Y las aficiones se van concienciando de que sobran los radicales. Bueno, no todos, los de los otros. Porque los propios son hijos traviesos. Hasta que matan a alguien.