La cosa está así: todavía no te ha llegado el momento de optar al salario y la cualificación de los grupos de operaciones especiales o los antidisturbios, y seguramente en el pack de policía no aparezca el chaleco antibalas junto a los uniformes, la porra y la pistola. Lo cual es bastante contradictorio puesto que si vas a verte en el más que probable trance de sacar la pistola, deberías contar con un elemento básico de protección como el chaleco, por si llueven las balas, como ha sucedido, desgraciadamente, en Vigo.
Un chaleco antibalas no es un gasto, es una inversión tan justificada como el blindaje de los muchos coches oficiales que circulan por nuestras calles. Porque en esas calles, recuerden, también hay delincuentes. Muchos policías se han pagado de su bolsillo el chaleco y lo utilizan para patrullar pero otros compañeros no pueden detraer del sueldo de 1.500 euros los 700 o más que cuesta, porque los necesitan para pagar su hipoteca y facturas. Además, la prenda tiene cierta «fecha de caducidad» y debería correr por cuenta de la Administración. Hasta cierto punto es comprensible que esta evite parapetar su imagen policial bajo cascos y elementos del estilo Robocop de los suburbios de EE.UU. Aquí hubo iniciativas hasta para convertir policías municipales en Los Hombres de Harrelson, boinas negras que casi daban más miedo que confianza al vecindario, pero un chaleco es un elemento de seguridad muy necesario y, hoy en día, discreto.
Recuerden que los policías están para algo más que para evitar el paraguazo al árbitro en los campos de fútbol de Tercera. Aunque, por lo visto en los de Primera División, la imprevisión es mucha.