El CSIC está de aniversario, 75 años y 32 menos que la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE). Y apenas ocho menos que la Fundación Nacional para Investigaciones Científicas y Ensayos de Reformas (Fnicer), creada meses después de proclamarse la República en 1931, para la investigación tecnológica y la ciencia aplicada. A los cien años de la creación de la JAE se instalaron en el CSIC dos bustos de Ramón y Cajal y Severo Ochoa, los Nobel de la ciencia española. Al tiempo se trasladó para el vestíbulo del edificio central de Serrano el busto de Albareda. Alguien escribió entonces que era una persecución ideológica.
El profesor Albareda o el profesor Lora Tamayo, entre otros, fueron becados por la JAE para ampliar su formación en el extranjero. Odón de Buen o Negrín, dos acreditados científicos de la JAE, ¿podrían haber sido becarios del CSIC hace 75 años?
Hoy sorprende que se obvie el carácter trinitario del CSIC, con sus tres patronatos. Sorprende que se obvie a Suanzes, ingeniero militar ferrolano que, sobre las bases de la Fnicer, desarrolló el Patronato Juan de La Cierva de Investigación Técnica hasta los años sesenta, patronato que suponía los dos tercios del presupuesto del CSIC. Sorprende el débil recuerdo a tantos que han contribuido a desarrollar y mantener el CSIC.
Cumplidos estos 75 años, es bueno recordar a quienes se han esforzado porque, rescate reciente incluido, el CSIC siga. La llegada de la democracia fue el punto de viraje en un proceso que lo encaminaba a su consunción.
Compartidos 42 años en el CSIC, hemos sido beneficiados por el trabajo de espléndidos gestores públicos, como Lucio Rafael Soto y Sánchez del Río o Alejandro Nieto, hacedores del CSIC unitario y no trino y de un reglamento de 1978 que lo puso en manos de sus investigadores, siguiendo la apuesta política pergeñada por José María Serratosa y Eduardo Zorita al frente de la política científica en los gobiernos de UCD.
La llegada de José Elguero a la presidencia, el 28 de marzo de 1983, marcó el inicio de una nueva etapa: «El CSIC es un organismo demasiado rico en líneas de investigación, lo que nos va a obligar a racionalizar. Lo que no resulta en absoluto decepcionante es la calidad del trabajo». «No estoy de acuerdo con el concepto de que el investigador deba ser una pieza pequeña dentro de un engranaje del que no conoce ni siquiera los fines». «Los años de esterilidad en que no entró gente nueva se ha hecho un daño irreversible al Consejo. Ha supuesto que falte una generación de investigadores», fueron sus reflexiones públicas al poco de iniciar su etapa de presidente.
Reflexiones de un espléndido científico que, a sus 80 años, mantiene la generosa disponibilidad que le hizo aceptar aquella presidencia que resultó seminal para la nueva etapa del CSIC. Respondió al modo Beethoven a propósito de aceptar una invitación arriesgada: «¿Tiene que ser? ¡Debe ser! ¡Debe ser!». Aunque ello le alejara de la búsqueda científica, su pasión.