Su voz entre otras mil

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

19 nov 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Recientemente se coló una luciérnaga en el avispero de Twitter. Entre la indignación y los chascarrillos resbalaba suavemente una gota brillante y colmada de tristezas. El documental Tu voz entre otras mil hizo resucitar a Antonio Vega en la pequeña pantalla y también en la red social. Ya se había estrenado antes en las salas de cine, pero durante unas horas vivió una segunda vida muy agitada. Y le quedan algunas más. La película es una operación a corazón abierto. Una infinita magdalena de Proust para protagonistas y espectadores. Un denso hojaldre de amarguras. Y en cada capa, una canción. Un viaje al pasado que demuestra que no hay billetes de vuelta. Las imágenes grabadas por el padre rescatando la infancia, la niñez soleada, pero con nubarrones al fondo. Las palabras de las madres que no entierran ni las alegrías ni los pesares. La mili de la que Vega se trae una medalla y La chica de ayer. La suma del dolor de los que lo rodearon, de los que siguen estando. Los que se quedaron con el estribillo en la boca. El drama de sentir a cada paso cómo el tiempo se da a la fuga. El abrazo de serpiente de la droga. La química derrotando a la física. La confidencia terrible: «El mundo se me ha quedado pequeño».

El retrato no es amable, pero sí conmovedor. El rastro de un ser inolvidable, autodestructivo y destructor, que va escribiendo los versos de su vida con la mano cambiada. Antonio Vega siempre será el fuego. La llama. El hechizo de la luz ardiente. Con su belleza y peligro. Deslumbra, da calor. Puede quemar a otros mientras se va consumiendo. Aunque queda para siempre su crepitar. Música y letra.