Dos días y una noche


Los hermanos Dardenne lo han vuelto a hacer. Ahora con el reclamo de un rostro famoso, el de la actriz Marion Cotillard (sí, la que bordó a Edith Piaf). Otra vez el cine despojado, casi documental, de los belgas provoca un terremoto moral. A la protagonista, mujer que sale del lobo feroz de una depresión (esa enfermedad espantosa que se resume en que te roba el deseo, todo el deseo), la quieren echar del trabajo. Peor todavía. Sus compañeros tienen que decidir si ella mantiene su trabajo o si ella se va y ellos cobran una extra. Toda la violencia de la crisis sobre la pantalla. La apuesta parece difícil, pero los Dardenne la resuelven con las dosis justas de palabras y de planos, marca de la casa. Ayuda, y mucho, la cinegenia de Marion, perfecta en su papel de mujer que tiene que arrastrarse a visitar en dos días y una noche, un finde, a sus compañeros para convencerles de que voten por que ella conserve su trabajo y renunciar así ellos a la extra. Algunos no pueden. Otros no quieren. Los hay excepcionales. Su marido la apoya, para que lo intente. Para que pelee cada voto. Y toda la película es una muestra de cómo brillan las navajas cuando la soga de la crisis aprieta. ¿Hay piedad al fondo del cubo de la basura? Un filme sobre las consecuencias reales del austericidio. Territorio minado que mina a las personas.

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