La razón le asiste al presidente del Gobierno cuando apela a poner como paradigma del país a la gran mayoría silenciosa. Esa mayoría que no protesta, que no se manifiesta en la calle y que no rodea el Congreso. La misma a la que Rajoy apeló en los momentos más difíciles, poniéndola de ejemplo de lo que es una ciudadanía ejemplar. La que se dedica a trabajar y callar.
Pero resulta que esa mayoría silenciosa, que tanto gustaba a Rajoy, es precisamente la que puede cambiar el rumbo de este país. Esa mayoría, que, a decir del presidente, aprobaba sus métodos y decisiones, es la que, según parece, pondría fin a un régimen y liquidaría un sistema que está resultando nocivo para nuestras existencias. Porque si las cosas no cambian, todo parece indicar que va a ser ese conjunto de sigilosos los que democráticamente y sin hacer ruido, digan hasta aquí llegamos.
Porque la mayoría silenciosa, por mucho que Rajoy la pusiera como modelo, también es víctima de la corrupción, el paro, los recortes y el saqueo y, por muy silenciosa que sea, llegado el momento va a reaccionar como el resto de los humanos; como los que rodearon el Congreso y como los que acamparon en Sol. Rechazando una forma malsana y perniciosa de entender el Gobierno y la democracia.
Callar no es otorgar, aunque haya quien así lo crea. Alguien pensó frívolamente que esa gran masa de ciudadanos discretos, sosegados y poco protestones no detectaban el camino hacia el abismo y que aceptaban encantados el descrédito y una pérdida de credibilidad de las clases dirigentes, la degradación moral y ética, el daño económico irreparable y el saqueo obsceno. Creyeron que porque la generalidad no ocupaba la calle podían minimizar los escándalos y ponerse de perfil.
Es muy probable que Rajoy tarde en volver a apelar a la mayoría silenciosa, como dejó de recordar al primo aquel que negaba el cambio climático, o a aquella niña tan riquiña que gustaba de los chuches, y puede que cuando lo haga sea para descalificarla, misión en la que está volcado todo el orfeón popular. Pero es la misma mayoría que encumbró y que con tanta frecuencia nos restregó a los gruñones. ¿O es que alguien se creyó que solo las protestas callejeras mostraban el rechazo a una forma de gobernar incapaz y pedante? Pues hay que ser cerril para creerlo así.