Como en la película Goodbye Lenin, en la que un hijo le intenta ocultar a su madre, marxista y recién salida del coma, que el muro de Berlín ha caído y su Alemania ya no es comunista, aquí la clase política sigue empeñada en mantener en pie su muro de prebendas, haciéndonos ver que todo está correcto, que los malos están identificados, y que de algunas cosas es mejor que no nos enteremos, por nuestra salud, física y mental. Lo que en la película es una mentira piadosa para no estropear más el corazón de una madre muy enferma, en la vida real el único fin es seguir disfrutando de un estatus, por cierto casi nunca merecido, con el que el común de los mortales no tienen ni la posibilidad de soñar. Normal que hasta el CIS vaya a darles un tirón de orejas sin precedentes, y no solo por la corrupción al uso, pues hay otras formas igual de graves. No se trata aquí de los tres o cuatro(mil) listos que abren cuentas en Suiza, sino de un sistema completamente infectado. Solo así se explica que ¡esta misma semana! el PP pretendiera colar un camello por el ojo de una aguja, o sea, intentó acomodar al exalcalde de Santiago en la empresa pública Tragsa a razón de más de cien mil euros al año. Solo la airada reacción social y la percepción de que la cosa demoscópica se está poniendo más que negra provocó la interrupción de una operación ya bendecida, como se han bendecido cientos de ellas en los dos grandes partidos a lo largo de los años, con esa exquisita normalidad democrática... El affaire Currás es la punta del iceberg de un modo de actuar que explica el desapego hacia la clase política. Una clase política que practica como un derecho adquirido el deporte de los retiros dorados para los desahuciados por las urnas o por los juzgados. Lo malo es que siguen convencidos de que esto no es corrupción. Ya va siendo hora de que, entonces, nos aclaren qué es.