Profesores


No recuerdo bien qué dijo la profesora, pero su frase terminaba con algo parecido a «y si no me sale, me pongo a vender pescado». Uno de los casi ciento cincuenta colegas que la escuchaban el pasado martes comentó en voz baja al de al lado: «Pues como se ponga a vender pescado, esta monta otra Pescanova». Estábamos en el encuentro Inspiratics, convocado por las fundaciones Amancio Ortega y Santiago Rey Fernández-Latorre para promover la innovación educativa, y tenía la palabra la ganadora del premio. Explicaba, como los demás finalistas, en qué consistía su proyecto. Había mucha pasión en lo que decía: hacia sus compañeros, hacia sus alumnos, hacia su profesión. Sin embargo, me conmovió más otra cosa: la gigantesca generosidad en tiempo y esfuerzos que suponía aquel proyecto.

Y en eso, en la generosidad, se parecía muchísimo a todos los finalistas y a todos los presentes: profesores que bregan sin medios, pero con imaginación y ganas, driblando los atrancos que les opone el sistema. Gente que se arremanga para no dejar ningún niño atrás, para que todos lleguen adonde pueden a costa del tiempo libre de la profesora o del profesor, de sus horas de sueño.

Fue una sesión larga, interesantísima y, según la encuesta, el cien por ciento de los presentes quiere repetirla. Bien. Pero me gustaría transmitir de algún modo el optimismo renovado que me inspiraron. Caí en la cuenta de que conozco a muchísimos profesores y de que casi todos responden a este perfil luchador. El desinterés y la entrega, por alguna razón quizá vocacional, parecen más frecuentes entre ellos. Un verdadero antídoto contra la inanidad que posibilita y hace grandes a los pequeños Nicolás.

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