Ébola, pánico y parálisis


Los brotes epidémicos no son solo crisis de salud. En el caso de la epidemia de ébola que afecta a cinco países de África occidental, estamos viendo que se ha convertido en una cuestión de seguridad que supera los límites de la región.

Las fiebres hemorrágicas virales, de la que el ébola es, trágicamente, la más conocida, son enfermedades dramáticas. Se transmiten a través de las formas más íntimas de contacto social: el acto de cuidar a una persona enferma, a través de la lactancia materna, del contacto físico con los pacientes fallecidos que los familiares realizan como una expresión de dolor y respeto en el entierro de un ser querido.

Los primeros síntomas de la enfermedad son poco específicos; sin embargo, los síntomas tardíos son aterradores. Aproximadamente la mitad de los enfermos de ébola morirán a los pocos días o semanas de contraer la enfermedad; los pacientes ingresados en los centros de tratamiento lucharán contra el letal virus y morirán, o se recuperarán, sin ser abrazados ni consolados por sus familiares y cuidadores. Otros fallecerán solos en casa o serán abandonados o rechazados, y peor aún, infectarán a sus seres queridos.

Pocas enfermedades tienen la capacidad de llevar un país al colapso o de cortocircuitar la racionalidad individual y colectiva desde Liberia hasta Estados Unidos o España... El ébola lo consigue.

Hasta el momento, salvo contadas excepciones, el miedo está provocando parálisis, pero no tiene por qué ser así. Desde un punto de vista antropológico y psicológico, el miedo es una reacción perfectamente razonable. El miedo, fundamentado en información y análisis, puede ser un factor determinante para cambiar la respuesta y hacer que pasemos desde un pánico impotente e inoperante hacia una implicación activa.

Desgraciadamente, en estos momentos, el pánico y la parálisis están ganando la batalla y haciendo que gran parte de la comunidad internacional fortifique sus fronteras y apenas dirija recursos donde está el verdadero incendio, los países afectados por miles de casos en África occidental. El resultado de esta parálisis es dramático: cada tres semanas se duplica el número de casos, hasta llegar a 9.000 los contagios y causar ya casi 4.500 muertes, según el último informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) del pasado 12 de octubre.

Para contener eficazmente el actual brote de ébola se requiere más capacidad en el terreno. Así lo hemos reclamado desde Médicos Sin Fronteras (MSF) hasta en cuatro ocasiones en Naciones Unidas. Es imprescindible el despliegue urgente de más personal experto para tratar a los pacientes, rastrear contactos y mantener hospitales abiertos y seguros; y esto no puede conseguirse sin que los países con capacidad envíen al epicentro de la epidemia unidades especializadas en riesgos biológicos, suministros y recursos.

Países como China, Cuba, Alemania, Reino Unido y Francia han anunciado el envío de personal, y el presidente estadounidense, Barack Obama, ha comprometido el despliegue de 3.000 militares para construir 17 centros de tratamiento en Liberia. Aunque la traducción de estos anuncios en acciones en el terreno está siendo desesperadamente lenta, sus dirigentes han comprendido que la única forma de garantizar la seguridad en un mundo globalizado es atajar el problema en su origen. Por eso complementan las medidas de autoprotección con el apoyo y despliegue de recursos sobre el terreno para combatir la amenaza allí donde se encuentra. Su foco no está en Europa ni en Estados Unidos, sino en África occidental. No afrontarlo así constituye una miopía irresponsable. España no puede ni debe ser ajena al compromiso expresado en la histórica resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas del pasado 18 de septiembre, en la que se alertó sobre el hecho de que la epidemia de Ébola constituye una amenaza para la estabilidad y la seguridad mundial.

Desde MSF llevamos más de un mes solicitando al Gobierno español que apoye los esfuerzos de la OMS y, bajo su liderazgo, despliegue en el terreno equipos civiles y militares especializados en riesgos biológicos. También le hemos instado a que organice junto a sus socios europeos, si fuera necesario, evacuaciones médicas de trabajadores humanitarios que están respondiendo en primera línea a un problema que ya ha demostrado ser de todos, y a que, dada la posición estratégica de España, posibilite un puente aéreo que resulta esencial para llevar equipos y material a la zona, visto que numerosas compañías áreas han cancelado sus vuelos a la región.

Hace ya tiempo que nuestra propia organización superó el límite de sus capacidades. En estos momentos, MSF tiene en la zona más de 3.000 trabajadores humanitarios luchando contra el virus en seis centros para pacientes con ébola. Y a pesar del esfuerzo, en los dos países más afectados, Liberia y Sierra Leona, aún faltan aproximadamente el 75 % de las camas necesarias. Para detener la epidemia, debemos trabajar de manera global. Una estrategia basada solo en la protección y fortificación del mundo occidental, de España en nuestro caso, no va a ser la solución y no va a evitar que siga habiendo casos. La intervención en África occidental debe ser inmediata y masiva.

Esta epidemia sin precedentes no puede afrontarse aislando a los países afectados y esperando a que se extinga por sí misma, porque eso no ocurrirá, y las consecuencias de la inacción acabaremos por pagarlas todos.

Joan Tubau es Director general de Médicos Sin Fronteras España

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