Tobin se abre paso en la Unión Europea a pesar de las trapacerías de los ingleses. El primer impuesto creado desde cero por la UE camina como todos los asuntos comunitarios: a la pata coja y dando dos pasos adelante y uno atrás.
Lo que salga al final se parecerá a un caballo, pero no será el que diseñó el economista estadounidense James Tobin en 1971 para frenar la volatilidad de los mercados cambiarios internacionales, aplicando en cada transacción de una moneda a otra un pequeño impuesto. Sin pasar de su formulación en el Janeway Lectures de la Universidad de Princeton, los movimientos antiglobalización resucitaron la tasa en los 90 y posteriormente, en la crisis de 2008, volvió con una nueva formulación que proponía que su recaudación se destinase a fines sociales o tuviese por objeto el control de crisis financieras como la de la deuda soberana europea. En 2011 se relanzó su reivindicación desde diversos foros de la UE, hasta que la Comisión Europea elaboró ese año un primer proyecto que modificó en 2013, para 11 países de la zona euro, entre ellos España. El segundo borrador fue torpedeado por Londres ante el Tribunal de Justicia de la UE, alegando que afectará a las transacciones de la City, aunque el Reino Unido no participe de ella, porque bastará que una de las partes de la transacción, cliente o banco residan en territorio de los once para que haya que pagar la tasa. El 30 de abril el Tribunal de Justicia quitó la razón al Reino Unido, sin entrar siquiera en el fondo de su reclamación, y en vista de ello los once Estados tobinistas acordaron revisar algunos puntos del texto y aprobar la directiva en 2015 para que rija desde el 1 de enero de 2016.
El filibusterismo británico no ha sido el único revés propinado al impuesto ya que al reducirse las operaciones a las que se aplicará (compraventa de acciones y sus derivados, en vez de a todos los activos financieros) y el número de países implicados (de los 28 de la UE a los 11 del euro), también bajará la recaudación. Y esta no se destinará a un nuevo presupuesto de la eurozona, ni a la cooperación al desarrollo, sino a equilibrar las cuentas de los Estados miembros. El resultado es una modesta cebra, pero la UE es así y la mal llamada tasa Tobin sentará un precedente para la armonización fiscal, que llegará como ha llegado la armonización de la fiscalidad del ahorro, que solo implicaba información fiscal mutua y que finalmente, después de tres lustros, es automática entre todos.