Es de suponer que algunos respiraron aliviados ayer cuando se supo que España no es el único país fuera de África en el que se ha producido una transmisión del virus del ébola. El caso de Dallas se parece al de Teresa Romero en que la paciente es una enfermera y se contagió tras un «extenso contacto» con el fallecido, el liberiano Thomas Eric Duncan. Según el Centro de Control y Prevención de Enfermedades, en algún momento hubo «una clara ruptura del protocolo de seguridad». Pero ahí se acaban todas las comparaciones, porque la sanitaria estadounidense no fue a la peluquería a depilarse sin saber que el virus se desarrollaba en su interior; no se pasó por alto su llamada cuando alertó de los primeros síntomas; no fue trasladada en una ambulancia sin protección, ni estuvo quince horas en un centro secundario, antes de ser derivada al hospital de referencia; y, sobre todo, las autoridades no la acusan de mentir, ni la culpan por haberse infectado.
Aquí, en España, las cosas empiezan a hacerse mejor. Los partes diarios sobre el estado de la paciente -emitidos desde una sala de Moncloa y no desde un aparcamiento- ayudan a calmar la inquietud sembrada entre la población tras la errónea gestión informativa de la primera semana. Sin embargo, todavía faltan detalles como el tipo de tratamiento exacto que se le está aplicando a Teresa o avances en la investigación sobre las causas del contagio.
Hay algo, sin embargo, que no cambia. En la recepción en el Palacio Real, Rajoy puso el positivo de EE.UU. como ejemplo de lo poco que se conoce del ébola. Otros miembros del Gobierno subrayaron que se han cumplido los protocolos de la OMS y que «las cosas se ha hecho bien». Y así, tan contentos, se fueron a brindar.