El protocolo


Decía Bossuet: «Conviene temer a los enemigos cuando están lejos, para no temerlos más cuando están cerca». La pistola en la sien que nos ha puesto el ébola da muchas cosas que decir y muchas más que pensar. Pensar en lo decadente y acomodado de una sociedad capaz de ver la vida cómodamente en una pantalla, sin tener en cuenta que la verdadera vida está en tres dimensiones; que las amenazas son reales aunque solo las hayamos visto a través del plasma. Que la seguridad del bienestar tiene fisuras y el miedo tampoco tiene vacuna. Algunos argumentan sobre la oportunidad de repatriar a uno de los nuestros -que había dedicado su vida a la de todos-, pero por muy bien que lo argumenten siempre será una opinión cimentada en la cobardía. Otros buscan culpables en las víctimas y muchos se acogen al protocolo. Los protocolos, como los libros de autoayuda, solo sirven cuando no se necesita ayuda urgente. Cuando no hay más sensatez ni cabe más margen de maniobra que la que recoge un protocolo hay que echarse a temblar. Los protocolos que no nacen de la experiencia suelen ser documentos hipertrofiados que solo son capaces de cumplir algunos japoneses como los de Fukushima. Para elaborar un protocolo eficaz es imprescindible tener experiencia y lo demás es tocar de oído. El espectáculo ofrecido esta semana es un ejemplo de cómo aún teniendo partitura, se acaba en un canto de taberna. Los protocolos diseñados para combatir el ébola son defensas de proximidad ridículas, es como intentar protegerse de un tsunami vistiéndose de buzo. El protocolo en estos casos solo puede ser etiológico (combatir el origen) y no sintomático (combatir las consecuencias). El origen no está en el padre García Viejo, está más lejos y además anda suelto. Otra vez la cobardía timorata de esperar al enemigo hasta que ya está encima en vez de ir a por él. Los organismos internacionales son quienes deben elaborar los protocolos de actuación imprescindibles para controlar el ébola en su origen, y sin embargo resultan ser una especie de Babeles vacías de contenidos que solo son capaces de hacerlo a toro pasado y toreros -siempre de casa- muertos. Alguien habrá sensato en el poder que se deje de especulaciones y elabore el protocolo empezando por mandar legiones sanitarias a Liberia y alrededores para controlar al bicho y desinfectar la zona, porque la zona también es la nuestra. Porque el mundo es hoy tan pequeño que todo lo que ocurra en el nos afecta a todos. O seguiremos haciendo protocolos de proximidad ingenuamente acomodados, como aquel lord inglés que viendo arder el castillo sollozaba por perder su tetera. O su Excalibur.

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