El abuelo Víctor


Los niveles de deterioro moral y ético que ha alcanzado este país son repugnantes. Y obscenos. Resulta casi imposible encontrar ya a una persona ejerciendo una actividad pública que pueda mirar a los ojos a un trabajador, a un parado o a un minero. Uno se crispa al ver estos días la cara de decepción, sufrimiento y dolor de los mineros asturianos, de esos que bajan a la galería, al saber de las tropelías de su eterno líder y referente Fernández Villa.

Lo de Blesa, Rato y Pujol puede hasta tener una explicación porque forman parte de ese sistema en el que sus actuaciones son tan previsibles y habituales que a pocos sorprenden. Lo del líder minero asturiano no. Porque durante 40 años ha vivido a cuenta -y del cuento- de representar a unos abnegados y comprometidos trabajadores, muchos de los cuales dejaron sus vidas en el tajo, y defender unos ideales y unas reivindicaciones que él traicionó. La cantidad millonaria manejada, el oscurantismo, el silencio y la amnistía emanan un hedor que es imposible de soportar y menos de justificar. Fernández Villa no tiene nada que explicar. Ha traicionado y faltado al respeto a miles de mineros como el abuelo Víctor. Ese que fue picador allá en la mina y arrancando negro carbón quemó su vida.

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