En la mente del usuario de tarjetas «black»

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

07 oct 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Se ha dicho ya todo, y todo es poco, sobre la catadura moral de las personas que utilizaron las tarjetas black de Caja Madrid y de Bankia para sus gastos personales. Se acaban los epítetos y los insultos, todos ellos merecidos, para quien es capaz de gastar a manos llenas un dinero que sabe que no es suyo, conociendo además la crítica situación que atraviesa la entidad bancaria de la que proceden esos fondos. Se le atropellan a uno en el cerebro los calificativos, pero es muy difícil añadir ya nada original ante semejante ruindad. Por eso quisiera yo detenerme en los pequeños detalles que acompañan a una historia que, de pura abyección, produce ya asco tratarla siquiera en esta columna.

Intento comprender cómo una persona puede llegar a perder cualquier tipo de referencia moral. Pienso, por ejemplo, en lo que pasaría por la mente de quien introducía ese fantasmal pedazo de plástico fiscalmente opaco en un cajero, tecleaba después cuatro dígitos y recogía un abultado fajo de billetes que se guardaba impunemente en el bolsillo. Veo su sonrisa entre sorprendida, burlona y satisfecha al comprobar que el truco había funcionado de nuevo. Bingo. Porque aquí, a diferencia de otros delitos de cuello blanco, esta gentuza ha tenido que descender al barro y tocar los billetes con sus propias manos para poder llevárselos. No se manda al criado ni al chófer con la tarjeta black y el PIN a sacar dinero de un cajero. Es un acto de tal perversión moral que no se comparte, probablemente ni siquiera con la esposa o el marido, y que se ejecuta en solitario. Quizá a escondidas.

Ese canalla, fuera exministro, directivo de la patronal, político o líder sindical, volvería probablemente después a su casa con esa mercancía infecta en su cartera, besaría a su mujer, pellizcaría la mejilla de sus hijos y les contaría lo dura que había sido su jornada de trabajo. Pero se acostaría sabiendo que era un despreciable sinvergüenza. ¿Podrán mirar ahora estos chorizos a la cara a su familia y a sus amigos, suponiendo que estos no conocieran su repugnante secreto? Uno de los hijos de Bernard Madoff, el mayor estafador de la historia, se suicidó poco después de saber lo que hacía su padre. Fue incapaz de asumir el oprobio. Y eso que Madoff solo estafaba a ricos como él.

Cuentan algunos asesinos, sicarios de la mafia, antiguos verdugos nazis y gente así, que el secreto para soportar los remordimientos y la arcada física que provoca tanta maldad es reducir a las víctimas a la nada. Cosificarlas o convertirlas en animales para justificar su exterminación. Esa es seguramente la lógica que ha guiado a estos rufianes, aunque ellos no hayan matado a nadie, que se sepa. Convertir mentalmente en una subespecie inferior a la suya a todas las personas a las que estaban esquilmando. Y, por extensión, al resto de españoles. Convencerse de que esa ralea miserable que tiene que trabajar para ganar dinero, en lugar de obtenerlo directamente de un grifo como ellos, no merece nada. Por eso, verlos ahora tratando de justificarse da asco.