La cesta de la compra


Estamos tan dispuestos a la porfía y al reproche que donde hay un grano de arena vemos la playa de A Lanzada. Y eso tiene su coste. Es muy probable que más allá de los Pirineos no entiendan la que hemos montando a cuenta de 15 millones que han dedicado los mandamases de Caja Madrid a la cesta de la compra. Esa sobre la que se calcula el IPC, que tanta influencia tiene en nuestras vidas.

Nos creemos que porque ocupan un cargo directivo no tienen necesidades como los demás mortales. Han de comer, vestir y alimentar a la familia. Y por eso van a la compra, como hace la señora del quinto izquierda, que tiene al marido en el paro desde hace tres años. Claro, cada uno de acuerdo con sus posibilidades, que para eso se inventaron las clases sociales y no es lo mismo el que dirige un banco que el que le birlan sus ahorros en preferentes.

Lo que hicieron Blesa, Rodríguez Ponga, Rato, Virgilio Zapatero, Díaz Ferrán o Rafael Spottorno es lo que hace habitualmente un ciudadano español. Ir al súper a por pan, lechugas, zanahorias, Cola-Cao y pañales para el niño. Y cuando lo precisa, a comprarse un traje. De Armani, eso sí. Y de paso llevarle un fular para mamá, una bufanda para papá, pasarse por el cajero y comer de restaurante. Lo habitual, vamos. Las grandes superficies están todos los días llenas de compradores que pagan con tarjeta y no armamos la que estamos armando. Pero somos muy exigentes y poco comprensivos con quienes cuidan de nuestros ahorros.

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