La lista de Galileo


Son una de esas pequeñas invenciones humanas que tienen como objetivo ordenar el mundo. En general y en particular. Las listas. Esas enumeraciones de tareas, necesidades de la despensa o promesas incumplidas. En el Reino Unido las aman. No es extraño que el diario The Telegraph, que las cultiva, difunda una lista de listas curiosas recogidas por Shaun Usher. Conmueve la de la compra de Galileo Galilei, que acerca al presente aquel lejano 1609. Entre los encargos, azúcar, pimienta, clavo oloroso, canela, especias, mermeladas, jabones, naranjas, y dos peines de marfil. Sin olvidar bolas de artillería, lentes alemanas y trozos de espejo.

Cuando su matrimonio ya había naufragado, Albert Einstein puso por escrito sus condiciones para seguir viviendo con su esposa. En esta Constitución de la convivencia en frío, el científico se garantizaba ropa limpia y tres comidas al día. Pero se niega a sentarse a la mesa con su mujer o a viajar con ella. Exige su dormitorio y estudio como terreno propio con derecho al desalojo conyugal. El pacto solo duró unos meses. Después llegó el cese de la convivencia, expresión que, llegados a este punto, hubiera firmado hasta el propio Einstein.

Se cita una nota de propósitos del día de Johnny Cash: «No fumar, besar a June, no besar a nadie más, toser, orinar, comer, no comer mucho, preocuparse, ir a ver a mamá, practicar el piano y no escribir notas». El tormentoso Johnny Cash y June Carter estuvieron juntos hasta la muerte de ella. Él se apagó unos meses después.

Estos días extraños evidencian que cualquiera puede hacer listas de agravios, exigencias y reproches. De despedidas. Son más complicadas las otras. Necesitan esfuerzo y talento. Habría que ponerlos en la lista de Galileo.

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