La vigente doctrina de la Iglesia sobre el aborto la estableció el papa Pío IX en 1869. Dictaminó que el alma entra en el feto en el instante mismo de la concepción y decretó que la interrupción del embarazo equivalía a un asesinato, penado con la excomunión. En mayo del 2004 -135 años después-, Alberto Ruiz-Gallardón aprobó la gratuidad de la píldora poscoital para adolescentes en el municipio de Madrid. Una especie de ley de plazos: las vidas incipientes, con menos de 72 horas de duración, podían ser abortadas. No consta que el entonces alcalde madrileño fuera excomulgado.
Así que no se equivoquen: la dimisión de Gallardón nada tiene que ver con las convicciones. Los principios, para algunas gentes, son de quita y pon. Prêt-à-porter. Estos son mis principios, pero si no les gustan, tengo otros. La frase, atribuida a Groucho Marx no sé bien con qué fundamento, describe perfectamente a los protagonistas de esta historia. Desde luego, a Pío IX. Cuando la curia vaticana expresó su extrañeza porque le había concedido la rosa de oro a la reina Isabel II, afamada coleccionista de amantes por todos los corredores de palacio -promiscuidad equiparable a la de otros monarcas de su dinastía, pero los varones gozan de bula-, el romano pontífice tiró de ironía: «La regina é una putana, ma ¡é tan pía...!». No menos volubles son los principios de Gallardón: puesto que sus correligionarios no los compartían, los arrojó al cubo de la basura y abrazó el fundamentalismo. Combatió con ferocidad la píldora que antes repartía gratis et amore entre la muchachada madrileña y encabezó con entusiasmo la santa cruzada contra la ley del aborto de Zapatero. ¡Y qué decir de Mariano Rajoy! Después del fugaz respingo provocado por las encuestas que le prepara Pedro Arriola, reaccionó con pragmatismo. Enterró el anteproyecto y con el texto retrógrado, en la misma tumba, a su ministro de Justicia.
Así que no se equivoquen: Gallardón fue víctima de su desmedida ambición. Lo quería todo, incluida la rosa de oro de la Moncloa, y todo lo apostó a la baza del integrismo. Tal vez para hacerse perdonar viejos pecados, quizás por considerar que la esencia del PP -y, por tanto, su trampolín personal- residía en su derecha más rancia, no diversificó el riesgo. Con la ley del aborto, cumplió la encomienda de su jefe de filas y aún le añadió un plus de cosecha propia que, a la postre, supuso su perdición. Fue más papista que el papa. Se pasó de frenada y, cuando Rajoy dio un volantazo inesperado para no estrellarse en las urnas, el ministro derrapó en la curva.
Sus huesos yacen ahora esparcidos en la cuneta. Paradójicamente, a quien flirteaba en su día con la progresía solo un puñado de ultras lo lloran. La mayoría del estamento judicial celebra su caída y proliferan quienes lo consideran el peor ministro de Justicia de la democracia. Un ministro que pasará a la historia por colocar los cimientos, a través de la Ley de Tasas Judiciales, de una justicia exclusivamente para ricos. Aunque solo fuera por esto, las encuestas de Arriola han prestado, por una vez, un buen servicio a la democracia.