Se cayó el verso suelto


D espués de treinta años, Alberto Ruiz-Gallardón, el denominado verso suelto del PP, se ha caído del Gobierno y de la política tras perder su última batalla frente a Mariano Rajoy, contra el que conspiró y al que quiso sustituir como candidato del PP a la presidencia.

Si la venganza se sirve fría, Rajoy la ha enfriado durante años. Cuando el presidente del Gobierno lo nombró ministro de Justicia recibió un encargo envenenado: redactar el texto de la nueva ley del aborto que el PP había prometido en el programa electoral con el que ganó por mayoría absoluta las últimas elecciones generales. El compromiso electoral estaba en una frase tan ambigua que le permitiría al Gobierno elaborar una ley muy restrictiva o tramitar una reforma mínima sin tocar lo sustancial de la vigente: «Cambiaremos el modelo de la actual regulación para reforzar la protección del derecho a la vida, así como de las menores». Y Ruiz-Gallardón se lanzó a la piscina sin darse cuenta de que no había agua. La desautorización del presidente ha abocado al delfín de Fraga a una dimisión que le honra por coherencia con los cientos de votantes a los que el PP ha defraudado con la retirada de la reforma.

Ruiz-Gallardón es el primer ministro que abandona por voluntad propia el gabinete de Rajoy y el que más hogueras ha encendido a un presidente poco amigo de fuegos y de pisar charcos. Y han sido tantos que toda la Justicia, desde el Consejo General del Poder Judicial hasta los abogados, pasando por los funcionarios, ha despotricado contra él.

Ruiz-Gallardón ha sido un político querido y odiado a partes iguales, con gran capacidad de convicción -hasta el punto de ganar por mayoría absoluta en cuatro ocasiones- y con un enorme ego; amante de frases para la historia y obsesionado con dejar huella por donde pasaba. En la Comunidad de Madrid revolucionó el metro, haciendo del entonces gris metropolitano un medio de transporte eficaz, moderno, limpio y con una red kilométrica, que se extendió más allá de los límites municipales, hasta alcanzar los grandes núcleos del sur y del norte de la comunidad, y que hoy es guía para muchas capitales de campanillas. En el Ayuntamiento de Madrid impulsó obras transformadoras de la ciudad que han dejado huella, como el soterramiento de la M-30, pero a cambio de una deuda sobrecogedora que los madrileños tardarán años en pagar. Y en el Ministerio de Justicia, su último destino, la huella es un paisaje destruido después de la batalla.

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