Las preocupaciones de los padres en el comienzo del curso escolar no pueden quedar limitadas a cuestiones de tipo económico, como son la adquisición de materiales y libros de texto o la disponibilidad de servicios complementarios (transporte o comedor) para sus hijos. Hay una decisión mucho más trascendental para el éxito académico de estos: la adecuada planificación del estudio a lo largo de los próximos meses. Después de un verano de baja o incluso nula actividad intelectual, hay que realizar una programación de las actividades y horarios que evite la desorganización e improvisación en las tareas diarias y contribuya a consolidar el hábito de estudio. Si no se hace así, muchos alumnos fracasarán a final de curso, cuando ya es imposible recuperar el tiempo perdido.
Estudiar exige un esfuerzo intelectual complejo: leer, comprender lo leído, sintetizarlo, memorizarlo, repasarlo, exponerlo oralmente o por escrito, etcétera; y también consultar, tomar notas o resolver problemas. Si todo esto no se convierte en un hábito, como el entrenamiento para el deportista, el sacrificio será mayor y los resultados peores. El estudio debe ser algo normal y automático, que forme parte de las rutinas diarias del alumno. Acaban teniendo más éxito los estudiantes disciplinados y tenaces que aquellos inconstantes y anárquicos, por muy altas capacidades que estos tengan.
Por ello es aconsejable acostumbrarse a estudiar a la misma hora, en el mismo lugar y siguiendo una planificación previa, que debe cumplirse con voluntad y perseverancia. Una de las principales causas del fracaso escolar es la pérdida de tiempo, por no saber distribuirlo bien, por falta de concentración o por vagancia. Desde el mismo momento del ingreso en la escuela, es fundamental que los niños se vayan habituando a sentarse tranquilos y a trabajar en sus tareas escolares o en las que les asignen sus padres. Al principio, en educación infantil, será poco tiempo; por ejemplo 20 o 30 minutos diarios. Luego se irá aumentando progresivamente hasta llegar a una o dos horas en primaria y el doble en secundaria. En esta etapa resulta eficaz que el alumno se acostumbre a plasmar sus horarios de estudio, descanso y ocio en una tabla sencilla, que debe ser, sobre todo, realista y flexible. Los períodos de trabajo intelectual frecuentes y cortos son más efectivos que los largos y poco frecuentes.
Muchos estudiantes fracasan porque no saben estudiar ni organizarse para hacerlo. De ahí la gran importancia de formarse en técnicas de estudio y de trabajo intelectual, para aprender a programar el tiempo y adquirir un método eficaz que va a resultar decisivo a lo largo del sistema educativo e incluso al margen de este. De las actividades complementarias que los padres eligen en estas fechas para sus hijos, esa debería ser prioritaria.