De Vietnam a Ucrania

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

16 sep 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Estados Unidos ha aprendido que es mucho más fácil ganar las guerras que las posguerras, como todavía se está demostrando en Irak (y también, aunque sea de otro modo, en Libia, Siria y otros países en conflicto). En el caso de Irak, que todavía sangra y aún sangrará, hubo culpables civiles, como el diplomático Jerry Bremer, nombrado director de la Reconstrucción y Asistencia Humanitaria del país por el presidente George W. Bush. Bremer cometió el enorme error de desmantelar el Ejército, el funcionariado, la enseñanza y todos los organismos iraquíes cuyos miembros tuviesen un carné del partido de Sadam. No se dio cuenta de que lo tenían para poder comer.

Fue la joven generación de generales estadounidenses que había aprendido las lecciones de Vietnam (Petraeus, Casey, Odiendo, McMaster, McCaffrey) la que pudo enderezar la situación en Irak, mezclando sus tropas con la población civil y logrando derrotar a Al Qaida, que se había incorporado al desastre en el 2003. La nueva estrategia era, pues, clara: defender a la gente común y combatir la insurgencia. Para entonces, el presidente Bush II, que ya había apartado a Bremer, despidió también al ultra Donald Rumsfeld, un fanático belicista neoconservador. Así, cuando un congresista le deseó suerte al general Petraeus, este pudo responderle: «La suerte la fabricamos nosotros».

Por sorprendente que parezca, en EE.UU. los más belicistas no son los militares, sino los políticos neoconservadores, hoy tan sospechosamente callados. A los uniformados los curó Vietnam, que desmochó su soberbia. Pero aprendieron. Como bien dijo Nixon: «Aprendimos que no se puede ganar una guerra larga tan lejos de casa y con la opinión pública en contra». El presidente Ronald Reagan -que no era un lince- tomó buena nota de ello y los militares también. Comprendieron que la batalla que libraron con más sabiduría fue la del muro de Berlín, que cayó sin disparar un tiro.