Debates y estampas territoriales

Fernando González Laxe
Fernando González Laxe FIRMA INVITADA

OPINIÓN

14 sep 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

En las últimas semanas fuimos testigos de un fuerte debate en torno a lo que desea y reivindica cada una de las comunidades autónomas, ya sean para sí mismas como para los demás. La controversia se centraba sobre lo que se recibe o lo que se aporta al conjunto del Estado, a sus límites de endeudamiento o a sus previsibles (o imaginarios) escenarios de futuro. Es el resultado del clásico análisis sobre las balanzas fiscales y los sistemas de financiación autonómica. Lo cierto es que se produjo un enconamiento de las posturas y una situación de difícil solución de cara a lograr un acuerdo positivo y viable.

En todo este proceso he notado en falta hablar de lealtad institucional y de conformar un reformado modelo de desarrollo constitucional, más armonioso y actual, que permita dar un nuevo impulso de progreso para bastantes años. Lo que sí nos ha aportado el debate es la visualización de varias estampas territoriales novedosas, a la vez que sistémicas y clarificadoras.

Primera estampa. Si medimos la capacidad o necesidad de financiación del total del sector público de cada comunidad, tenemos que las regiones más ricas (Cataluña, Madrid, Baleares y Valencia) aportan al sistema global; mientras que las regiones más pobres, reciben recursos (Extremadura, Castilla y León, Andalucía o Galicia). Hasta aquí normal, pues hemos aceptado el principio de solidaridad interterritorial. Ahora bien, hay dos excepciones (País Vasco y Navarra), que no aportan en relación a su riqueza.

Segunda estampa. Los mecanismos que establecen los flujos interterritoriales públicos (o sea, flujos de compensación y de solidaridad) permiten reducir las diferencias entre el PIB per cápita de cada comunidad y el PIB per cápita medio de España. Por tanto, existe una capacidad redistributiva del total de los saldos fiscales. Todo esto se ha mantenido hasta en el período de la crisis, aunque en lo que atañe a redistribución personal ha ido declinando desde el año 2000 a la actualidad.

Tercera estampa. Las inversiones públicas mantienen una tónica singular que permite vislumbrar diferencias sistemáticas y persistentes de financiación que, a juicio de especialistas, difícilmente se explican por características territoriales propias o del carácter general de algunas infraestructuras. Así, se observa una gran diferencia entre las comunidades que reciben una mayor inversión per cápita (Cantabria o Castilla y León) y las que reciben menos (Madrid, Cataluña y Andalucía) si miramos el período 1995-2010. De igual manera, se observa una gran disimilitud en términos de inversión pública en comunidades autónomas de similar PIB per cápita. Claro está que este razonamiento es muy débil porque no miramos los niveles históricos de inversión pública anteriores a 1995, por lo que es obvio que las últimas inversiones en infraestructuras han correspondido a aquellas autonomías que no habían sido ni seleccionadas, ni beneficiadas de las fuertes inversiones efectuadas a lo largo de los años ochenta y noventa del siglo pasado.

Cuarta estampa. Si nos ponemos a analizar las variables que se suelen utilizar para medir los rasgos culturales de una sociedad, tales como la confianza ciudadana; el individualismo frente al colectivismo; los lazos familiares; la moral generalizada frente a la limitada; y las actitudes frente al trabajo, descubrimos que muchas de estas variables están correlacionadas entre sí; y que alguna de ellas está asociada con el grado de desarrollo económico. Por eso, siguiendo a L. González y a Alberto Alesina, con datos de World Values Survey, encontramos que en Galicia el nivel de confianza ciudadana es bajo (al igual que en Cataluña o Aragón). Con objeto de medir el grado de individualismo se pregunta por la creatividad o por el seguimiento/relevancia de las costumbres; y, en este caso, las respuestas gallegas son, asimismo, bajas (análogas a las de Castilla y León en el primer supuesto; y con Cataluña, en el segundo rasgo). Los lazos familiares más fuertes se registran en las comunidades del norte (Galicia incluida); y, finalmente, a las actitudes respecto al trabajo se les concede más importancia en Galicia y Castilla-La Mancha que en el resto de España.

Concordarán conmigo que España es más que diversa. Es compleja. Muestra una gran heterogeneidad y pluralidad de realidades, ya sean producto de la historia, ya sean consecuencia de las reacciones y respuestas a los nuevos y recientes desafíos. Queda, pues, un camino por recorrer, que no se transita a través de debates encarnizados, ni con polémicas beligerantes. Si debemos acudir a espíritus como los de la transición, hagámoslo y no lo dudemos. Se cuenta con una nueva generación de políticos, de actores y agentes económicos, sociales y culturales, que están lo suficientemente preparados para pensar globalmente y actuar localmente; y para tener en la cabeza la realidad de los próximos treinta años. Eso fue lo que caracterizó a los dirigentes de la democracia. Ahora a los nuevos mandatarios se les exige decisión, actuaciones concretas y explicaciones exhaustivas. Lo y les estamos esperando.