Sí que da coraje ver esas carreras de borrachos en calzoncillos. En lo estético no dice gran cosa de lo que somos pero sí sobre lo que podemos llegar a ser. Por disculparla un poco, cuando la encendida tropa se tira beoda a las playas, caneiros y romerías, pierde no más que la vergüenza, el respeto y un par de dientes. Los que dan miedo son los que se tiran al monte. Ahora parece que todo quisqui se cree capacitado para subir y bajar montañas al trote. La percepción del riesgo, mucho me temo, es baja tanto entre los participantes de raids y trails, como entre los propios organizadores.
Y esto es lo peor, porque consta que en estas pruebas de aventura, donde se arriesga con los precipicios y el mal tiempo abundan, precisamente, miembros de las fuerzas de seguridad. Puede que ellos tengan experiencia y arrojo para lanzarse a maratones diurnos y nocturnos en los que, cuanto más alto y más duro, mejor, pero hay gente que, aunque pague la cuota de inscripción y esté fuerte como un roble para ir a zapatilla, en bici, canoa, parapente o sobre cualquier otro chisme, no domina la orientación ni la prudencia necesarias en la montaña. La inexperiencia, el exceso de confianza también desafían, nunca mejor dicho, la entrega y sentido del deber de los rescatadores. Un rescate nunca sale gratis. Se vio en la montaña leonesa, con el resultado de tres guardias muertos. ¿Es necesario buscar estos límites y heroicidades? ¿Hay que coquetear con el accidente? ¿Qué demuestran tomando al asalto las aristas y zonas vírgenes de Ancares o los Picos de Europa? Si me dicen: «tú trae una foto desde allí y te damos tantos puntos», ya me borro. Menudo juego.
Se pierde el sentido del límite, también el Oremus. Y la vida.