Peligros del ascensor


Hay que tener mucho cuidado con quien compartimos el ascensor. Podemos buscarnos un problema por menos de nada, porque en un espacio cerrado y tan pequeño, y con un movimiento tan suave, puede ocurrirnos cualquier cosa. A las seis de la mañana pueden a uno «buscarle las vueltas», que diría algún insigne pensador demócrata y tolerante. Yo vivo un poco obsesionado con los ascensores porque pueden convertirse en una tragedia que me rompa la vida. Y confieso tener pesadillas y pánico. Con frecuencia sueño que comparto el ascensor a las seis de la mañana con el alcalde de Valladolid, León de la Riva, y despierto aterrorizado por si quiere «buscarme las vueltas». Y eso que no hace como la joven que lo persigue a él y, por lo visto, a veces «se arranca el sujetador y sale dando gritos de que la han intentado agredir», a decir de él mismo. Mi preocupación es que me meto en un ascensor con el señor León y salgo convertido en un animal; en un ser alienígena, contagiado de machismo, homofobia, desvergüenza, chulería y camorrismo. No es que sea un machista homófobo desvergonzado y macarra. De ninguna manera. Es un respetable alcalde, que tiene el amparo de las urnas y de su partido. Nada menos. El Ministerio del Interior, previendo que el señor León tenga problemas en el ascensor con «chicas con ganas de buscarte las vueltas» acaba de dar unos consejos muy propios del siglo XXI. Pide a las mujeres que eviten la soledad, que no suban en un ascensor con desconocidos, que echen las cortinas y que, en caso de apuro, toquen el pito. Que toquen el silbato, se entiende. Lo que no dice Interior es que huyan del señor León. Y debía de decirlo.

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