Según he leído en el periódico, los móviles y sus cargadores pueden producir alteraciones de sueño, depresión, trastornos nerviosos, cambios de humor, fatiga crónica, irritabilidad, migraña, dolores reumáticos y fibromialgia, además de pérdida de memoria, artritis y artrosis. Como no soy experto en ese tipo de radiaciones no puedo cuestionar tales afirmaciones, pero alguien tiene que explicarme por qué tengo todos esos síntomas, sin apenas usar el móvil.
Sin descartar el efecto de las radiaciones, yo creo que lo que genera todas esas patologías es un tipo de electro estupidez que consiste en estar todo el día a vueltas con el WhatsApp, el tuit y las llamadas. En mi opinión, en contra de lo esperado, esta conducta afecta a todos los que están en un radio de acción de cincuenta metros mientras que, aparentemente, el idiota permanece indemne. No discuto la utilidad de las nuevas tecnologías de la comunicación, pero hemos llegado a un nivel en que creo que deberíamos someter a los potenciales usuarios a un test psicotécnico antes de permitirles usar uno de esos dispositivos.
Veamos. En las últimas semanas he observado el comportamiento de algunos usuarios y mis síntomas han empeorado; les contaré. He visto a un grupo de turistas degustando unos pescaditos y, en cierto momento, uno de ellos cogió el móvil y le comunicó a su interlocutor: «Estamos comiendo xoubas». Salvo que se trate de una clave para atacar algún país del Este, o una comunicación sobre las exequias de las parrochas, convendrán conmigo que el mensaje carece de interés alguno.
Mayor sorpresa me produjo una comunicación que presencié entre los miembros de una adorable pareja. Uno de ellos bajó a la playa y pasados unos segundos recibió una llamada en la que la chica, distante cuarenta metros, le informaba de la presencia de arena y la posibilidad de que se manchara los zapatos. Sin despreciar la loable intención de la muchacha, creo que la llamada es innecesaria, salvo que su avispado novio no se percate de que en las playas suele haber arena. Algo más tarde, ambos se enviaban mensajes sentados en la misma mesa, mientras degustaban unas fanecas; desconozco como afectan las radiaciones a tal pez pero a mí me provocó todos los síntomas que he mencionado al principio.
Sé que el móvil es fundamental para trabajar, que salva vidas, aunque no de xoubas, y también zapatos; además comunica a personas distantes y hasta crea nuevas relaciones. Yo no estoy por la abolición de la telefonía móvil, pero no estaría de más que nos planteáramos un uso más racional, al menos en público, porque eso genera importantes trastornos a los que están alrededor.
Háganme caso. Si no están trabajando en estas fechas, olviden el móvil y los mensajes y, si se acuerdan como se hace, prueben a hablar cara a cara en torno a una Estrella fría; eso sí que provoca cambios de humor, aunque no tenga tarifa plana. Sustituyan sus WhatsApp y su batería por unas aceitunas, o lean el periódico, verán que su irritabilidad, y la de quienes les rodean, mejora.
Vaya, tengo que dejarles, ¡me llaman por el móvil!