El momento


Era la última sesión en la sala Yago. Los cines entonces no eran multi y todavía guardaban ese olor a madera del teatro. El otoño enseñaba la pata bajo los soportales de Santiago con esa lluvia fina que salpica a ratos, como si la piedra se sacudiera la espalda mojada. Se desperezaba el curso con su pasarela de libros recién forrados y de carpetas nuevas y delgadas, esperando a ser cebadas con apuntes y trabajos. Aquellos días de septiembre y de octubre muchos simularon quedarse repasando el último ejercicio de matemáticas en el aula. Se agarraron a la excusa hasta quedarse solos. Se asomaron después al pasillo para comprobar que ya había pasado todo el río de profesores y estudiantes. Cerraron la puerta lentamente sin hacer apenas ruido. Regresaron a su mesa, retiraron los folios y se subieron a ella. Observaron todo en silencio desde esa nueva perspectiva. El suelo, más lejos. La pizarra al frente. Algunos, solo los más osados, dijeron, unas palabras moduladas por el atrevimiento, entre el susurro y el grito: «Oh, capitán, mi capitán». Y, por un instante, imaginaron sentirse alumnos de John Keating, vivísimos miembros del Club de los poetas muertos. Al día siguiente, hubo quien confesó la aventura a sus compañeros y quien la guardó en ese cajón de sastre que es la memoria de la adolescencia. Robin Williams no era Laurence Olivier ni Marlon Brando. No deja ese vacío de genio generacional de Philip Seymour Hoffman. No entrará en el panteón de los mitos rebeldes. Su herencia no es un tratado academicista. Son momentos. Esos retazos que arrancan la sonrisa o la lágrima cuando se mira hacia atrás. Solo eso. La grandeza del momento.

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