El miedo nos ha hecho lo que somos. Cuando un homínido veía el peligro, se activaba la respuesta más práctica a falta de cuernos: correr. Por eso ahora, cuando llega un enfermo de ébola a nuestro país, tenemos ese primer impulso, el de tonto-el-último. Pero una vez que dominamos al miedo, nos queda la inteligencia, esa que nos ha permitido crear escudos para protegernos, lanzas para atacar o hasta ropa para abrigarnos. Esa inteligencia nos dice que el peligro existe, que es imposible protegerse de todo, y que en el intento solo perderemos la cordura. No quiero ser Melvin Udall, de Mejor imposible, aunque tampoco vivir en una aldea sin agua, luz ni antibióticos. Al calorcito del Estado de bienestar, golpeado incluso como está, tenemos que ser generosos y aceptar que en el mundo hay virus y bacterias, como también árboles que se caen o trenes que descarrilan. Tener miedo es lógico, lo peligroso es dejarse llevar por él.