Historias

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

En la calle, la historia antigua se lee en las piedras. La reciente está escrita en las caras. Hace solo unos años moverse en el metro de Madrid era comprar un billete a América y norte de África. En las horas punta discurría por las entrañas de la ciudad un cóctel de acentos cálidos con un fin común, buscar el pan de cada día o el descanso de cada noche. Ecuatorianos, peruanos, argentinos, brasileños y marroquíes compartían vagones con españoles y con turistas. Este mapa del mundo fue desdibujándose con la crisis. Muchos se fueron, buscaron otros horizontes. Al metro, en cambio, regresaron miles de españoles que antes se permitían otros lujos cotidianos. Todo un tratado de economía y demografía solo con observar el hormiguero de un andén.

Canadá es un compendio de los últimos éxodos de la humanidad, una pieza clave de ese rompecabezas roto y recompuesto por guerras, persecuciones y penurias económicas. Irlandeses, italianos, judíos, indios, chinos, vietnamitas, coreanos, mexicanos, libaneses... Esas vidas en fuga se sobreponen sin ruido. Sus pasados se mezclan y sin ellos no se entiende el presente canadiense, habitado por distintas sensibilidades, gastronomías y lenguas. Javier Pérez de Cuéllar, ex secretario general de la ONU, donó al Museo de las civilizaciones de Ottawa objetos exóticos que había recibido durante su mandato. Le explicó a The Globe and Mail: «Le di mi colección a Canadá porque viene de todo el mundo y, en mis viajes y experiencias, he concluido que el mundo necesita convertirse en lo que Canadá es si la humanidad espera prosperar y vivir en paz». Irónico en tiempos de separatismos de los que no se libra ni Canadá.