Por qué a Putin le importamos un bledo


El argumento más disuasorio del mundo -«el que esté libre de pecado que tire la primera piedra»- está en el Evangelio. Y Putin, aunque es ortodoxo, lo sabe repetir, y utilizar con sesgos malvados, como cualquier cristiano. Él sabe que ninguna potencia militar del mundo se va a rebelar contra un sistema de defensa tecnológicamente avanzado que está inspirado en los lemas de las policías más temidas del mundo: «Primero se dispara y después se procede a la identificación». Y por eso le traen al pairo las cosas que puedan decir EE.UU. y la UE, siempre con la boca pequeña.

Lo malo es que, si se mira con pura objetividad y sin dar ventaja a los que catalogamos como «nuestros», a Putin no le faltan argumentos formales para aplicarlos con descaro al caso del vuelo MH17 recientemente derribado sobre Ucrania. ¿Qué diferencia hay entre derribar un avión de pasajeros inocentes, destrozándolos con un misil, y masacrar a los palestinos en sus casas con carros de combate, misiles y bombarderos ante el silencio cómplice de la ONU y la OTAN? ¿Por qué el uso de los drones que hace Barack Obama -que lo mismo asesinan a unos novios en Pakistán que a una familia de pastores en Afganistán o Nigeria- ha de parecernos más moral que el uso que hace Putin de sus misiles? ¿Qué disculpas dieron los americanos en julio de 1988 -aparte de un error de identificación- cuando derribaron el Vuelo 655 de Iran Air, con 290 personas a bordo y dentro del espacio aéreo de soberanía iraní? ¿Acaso mejoran los argumentos y los juicios morales si el que dispara es de la OTAN o si se usa una tecnología más sofisticada?

Alguien podrá decir, y el mismo Obama lo insinúa con claridad, que la causa del conflicto ucraniano es fútil y evitable, y que resulta un poco antiguo volver a pelear -en medio del Occidente civilizado- por el predominio de etnias e identidades y por su enroque innecesario sobre territorios políticamente minifundistas. Pero también en esto hay que reconocer que los países considerados más libres, integrados y avanzados andan sumidos en estúpidas andrómenas, que a Israel no se le condena por apartheid, que a Kosovo se le regaló un estadito de la señorita Pepis para que se entretuviesen con él, y que la propia UE corre riesgo de embarrancar en estúpidas maniobras revestidas de justicia universal al estilo de Flandes, Valonia, Cataluña, Escocia, Euskadi, la Padania y el sursum corda.

Por eso Putin nos manda al carajo tan olímpicamente, con el argumento irrefutable de que, si se trata de hacer el tonto y favorecer a los amigos, habrá café para todos. Y en esas andamos, porque a pesar de lo larga que es la historia, aún no existe memoria de nadie que haya aprendido en cabeza ajena. Y porque si la política internacional va a ser como «una de vaqueros», a nadie se le puede reprochar que lleve su revólver.

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