Probablemente mañana, domingo, el señor Sánchez sea elegido secretario general del Partido Socialista. Probablemente el próximo otoño el diputado señor Sánchez se convierta en el candidato socialista a la presidencia del Gobierno de España, tras un proceso abierto previo a un congreso federal que ha dado voz a militantes y simpatizantes de un partido que no encuentra la «aguja de marear», inmerso en una trascendente crisis de identidad que está afectando a la vieja socialdemocracia europea.
No va a ser suficiente un cambio de caras ni la puesta al día de eslóganes más o menos obvios, que han sido recientemente desempolvados de los catones y argumentarios socialistas. El mundo ha cambiado notablemente. El ayer es hoy pasado y el futuro hay que reinventarlo. Los electores ya no creen en discursos ni soflamas, y vuelven a exigir que se llame a las cosas por su nombre y no consienten eufemismos para llamar pan al pan y vino al vino.
En esta última década se dinamitaron los pilares de la tierra, se dinamitó el tejido industrial en nuestro país, se primó la codicia y la avaricia, camuflada en confusos términos financieros, se instaló la pobreza en el corazón de las clases trabajadoras y el mundo del dinero volvió a mostrar sin pudor su arrogancia de siempre.
La educación y la sanidad universal, de calidad y gratuita han vuelto a ser el eje central de nuestras aspiraciones, mientras seguimos reivindicando una política de pensiones que no lleve a la miseria a las personas mayores y añoramos una ley de dependencia que ampare y proteja a quien más necesita.
Ese es hoy nuestro idearium de mínimos. Hay que encontrar la piedra filosofal de los soportes financieros para poder evitar la deuda pública y aminorar la privada, y para eso no es suficiente que el señor Sánchez cumpla los plazos previos. Debe rodearse de los mejores, abrir un largo debate de ideas, desde los think-tanks afines y menos afines, desde los contenedores de ideas que no cesen en su ebullición formal, debe pensar en país y no en partido. Hacer, en alguna medida, el camino que en su día anduvieron Blair o Schröder para dotar al socialismo de una nueva mirada colectiva.
España requiere de una poderosa y renovada voz socialista que, sin renunciar a la utopía, sepa afianzarse en un posibilismo formal alejado de las tentaciones del arcaico infantilismo izquierdista.
Probablemente don Pedro Sánchez pueda hacer posible los sueños de muchos electores, pero para ello debe soñar al unísono, sus mismos sueños, soñar España y Europa, restablecer las bases de la maltrecha clase media, sentir el legítimo orgullo del mundo del trabajo y creer firmemente que este país es todavía viable. Probablemente.