La dama del Oscar


La película, gracias al triunfo de la dama del Oscar, vive una segunda juventud. Me refiero a Blue Jasmine, ese prodigioso entretenimiento con el que Woody Allen nos regaló su peculiar revisión de Un tranvía llamado deseo y a Cate Blanchett la estatuilla dorada y deseada a la mejor actriz. Está en los videoclubes y así el público ha podido repetir o descubrir esa actuación de mujer desquiciada, al borde de su mente, que bordó Blanchett. Claro que se merecía el premio. A la gala fue divina. Y es que oigo decir a una amiga apasionada del cine que Cate Blanchett es una de las pocas actrices de hoy que recuerdan a las grandes actrices de la época dorada de los estudios de Hollywood. Es cierto. Tiene una presencia imponente y su cara admite un millón de matices. Nunca sabes si, de su rostro, está a punto de brotar una sonrisa o una tormenta. A sus 45 años está estupenda. Lleva seis nominaciones y dos Óscar, el de Blue Jasmine y el de El aviador (como actriz secundaria). Y más que ganará, porque su talento es sólido. Esta australiana puede pasar sin despeinarse de reina Elizabeth a pija arruinada. Encima, su vida personal no tiene nada que ver con la de un circo, como sucede con otras estrellas que terminan estrelladas. Disfruten de Cate Blanchett y del hermoso lienzo de su rostro, capaz de transmitir los colores de los diálogos bien escritos.

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